Crítica de Bright: la gran oportunidad perdida de Netflix

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Crítica de Bright: la gran oportunidad perdida de Netflix

La apuesta de la plataforma para estas Navidades termina diluida en un producto poco sorprendente

Crítica de Bright: la gran oportunidad perdida de Netflix
 

En ciertas ocasiones el paracaídas falla, y lo que parecía un bonito viaje termina siendo un desastre. Netflix sabía que si quería hacerse valer delante de sus nuevos competidores, debía apostarlo todo a una carta, y esa carta se llama “Bright”. Con un desembolso de 90 millones de dólares la compañía de Ted Sarandos daba un golpe en la mesa y se hacía con uno de los estrenos de las Navidades, y con una saga que prometía honores gracias al nombre de David Ayer y el eterno Max Landis. Uno director y el otro padre de la historia, se juntan en una película que alardea de tener todas las piezas del engranaje para hacerlo funcionar. Policías, ciencia ficción, Will Smith, todo ello se une en un conjunto que inexplicablemente termina desluciendo en pantalla.

“Bright” nos traslada a una ciudad de Los Ángeles alternativa en la que la humanidad comparte vida con las clásicas criaturas de leyendas como elfos, enanos, minotauros, hadas, dragones y orcos. Estos conviven en una sociedad que trazando paralelismos con la realidad, disgrega no por raza de piel, sino de especie. En ese contexto el agente de policía Daryl Ward (Will Smith) se ve metido en un conflicto interno al ser forzado por el organismo encargado de la proporcionalidad dentro del cuerpo,para que haga equipo con Nicholas Jackoby (Joel Edgerton), el primer orco del cuerpo, renegado por los suyos y repudiado por los propios humanos.

David Ayer nos presenta una historia en la que las reminiscencias a las series televisivas de los 90 son constantes. Con unos efectos especiales bastante artesanales, construye un universo espejo al nuestro pero ocupado por las criaturas fantásticas clásicas. Lo que en la “Zootropolis” de Moore y Howard era una sociedad estratificada y compuesta por animales, aquí se convierte en una visión decadente de las clases más bajas del extrarradio angelino, en una ciudad donde impera la ley del más fuerte. Esto es lo mejor de “Bright”, y por desgracia casi lo único.

Al interés suscitado por el tratamiento de temas sociales como el racismo y el clasismo, se incorpora una trama fantástica que narra la ya contada mil veces historia del regreso de la magia perdida hace miles de años. Ward y Jackoby se ven inmersos en un conflicto de intereses entre los elfos que dominan la cúspide social, y un cuerpo de policía corrupto que solo vela por sus propios intereses. El problema no es el qué, sino el como. Y es que Ayer se encasilla en fórmulas ya muy trilladas para construir una sucesión de tiroteos y persecuciones que no sorprenden en ningún momento. A ello además se une unos diálogos que cuando no cumplen con lo mínimo, generan situaciones realmente sonrojantes más propias  de una ficción maniqueísta noventera.

“Bright” se esfuerza una y otra vez por aparentar ser más profunda de lo que en realidad es. Las actitudes de los personajes no concuerdan con unos trasfondos de lo más planos e insulsos. La historia no consigue en ningún momento que te preocupe lo que le pueda pasar a la familia de Ward, tras ser presentada en 2 minutos, ni en el negro futuro de Jackoby, tratado como verdadera escoria por sus hermanos y por su propio compañero. La evolución no existe, y la trama solo consigue avanzar gracias a una encadenamiento de batallas que aunque están bien coreografiados gracias a las manos expertas de Ayer, no aportan nada interesante la sexta vez que aparecen en pantalla. Todo va encajando como un gran motor, pero a la hora de arrancar se quema y arde hasta los cimientos.

La película parece ponerse interesante cuando se desvelan los distintos jugadores del tablero, y aparece Tikka (Lucy Fry), la elfa que se llevará todo el protagonismo de gran parte de la historia, pero que queda completamente desaprovechada por el afán de convertirla en un mono de feria. La que debe ser el leit motiv de la trama, junto a la varita mágica, queda reducida a un ridículo peluche que en la mejor de las ocasiones recuerda a la Leelo de “El quinto elemento”, y que no deja de ser una excusa para introducir más violencia, balas, y por supuesto tiroteos, que no van a ningún sitio y que en la mayoría de las ocasiones se alargan demasiado. Porque “Bright” entiende qué es lo que quiere, pero falla en la ejecución y consigue un ritmo muy desproporcionado que genera el aburrimiento supino durante gran parte de las 2 horas de metraje.

Ni la fotografía ni la música de David Sardy consiguen tampoco destacar en sus apartados, quedando en un segundo plano la mayor parte del tiempo. Mención aparte merecen los efectos especiales, que aunque se afanan en conseguir una sensación de realismo al prescindir casi por completo del CGI, terminan generando decorados y personajes de producción de serie B que te sacan constantemente de la inmersión que propone el universo. David Ayer no aprende los errores que le llevaron a la salida del Universo Expandido DC, y vuelve a afanarse a un carrusel de acción sin sentido y gusto, que parece brillar en los primeros momentos pero que termina en la más oscura de las profundidades.

En definitiva “Bright” es una película atractiva en apariencia pero vacía en esencia. La presencia de Will Smith aporta el toque distintivo a un conjunto que no pasa del mero divertimento sin pretensiones, y que ni siquiera en ese sentido es capaz de medirse cara a cara con sus competidores. Netflix está haciendo una gran apuesta en contenido para el próximo 2018, y aunque ya ha confirmado la secuela de esta película, mejor haría en esforzarse en otro tipo de historias. Una oportunidad perdida para un universo que prometía grandes cosas, pero que patina de manera contundente en unas Navidades llenas de otras opciones más interesantes.


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