Crítica de la tercera temporada de Daredevil: Exquisito infierno

Daredevil

A la espera de tercera temporada

Crítica de la tercera temporada de Daredevil: Exquisito infierno

El demonio renace para reclamar el título de mejor serie televisiva del género

Crítica de la tercera temporada de Daredevil: Exquisito infierno
 

Lo que con los años se fue diseminando en un estilo algo confuso y carente de fuerza, en el diablo siempre se mantuvo como la semilla que dio origen a todo. No es un misterio para nadie que el regreso de “Daredevil” era uno de los momentos más esperados del universo televisivo de Marvel desde aquél impactante final en “The Defenders”. Sí, es cierto que Netflix ha intentad dar espacio al resto de sus personajes, y que algunas series como “The Punisher” han conseguido dejar huella, pero tanto la iconografía como las bases sentadas en la primera temporada de la serie, empujaban a Matt Murdock a un clímax que se prometía sangriento, intenso, y realmente emocionalmente. Cualidades todas ellas que esta tercera temporada cumple de forma sobresaliente elevando todavía más el listón de la saga.

Tras una segunda temporada en la que se priorizaron los elementos externos con la llegada primero de Frank Castle, y después de Elektra, ahora la serie gira sobre sí misma para volver a los orígenes. Erik Olesson, quien llegaba como nuevo showrunner a la producción, opta por dejar de lado todas las distracciones que convirtieron a Hell’s Kitchen en un ir y venir de héroes y villanos, para poner la relación entre Matt y Wilson Fisk en el eje central. Ambos participan en un baile final en el que no se echan de menos las trampas, las frases cargadas de odio, y unas actitudes que huelen a Ragnarok. Aunque no parecía posible que “Daredevil” aumentara todavía más sus revoluciones, esta tercera temporada lo consigue apostando por un arranque que cocina a fuego lento un infierno exquisito.


Esta crítica No contiene spoilers, y ha sido realizada en base a los 6 primeros episodios de la temporada.

Han pasado varios meses del derrumbe del edificio ocasionado por La Mano, y Matt se despierta desprovisto de su vida y su fe en un convento. Allí el héroe y el ciudadano que porta en su interior libran una batalla psicológica por prevalecer en un cuerpo que se cae a pedazos. Mientras, en el mundo real, Wilson Fisk prepara su salida de prisión haciendo uso de sus ya clásicas artimañas. El FBI, la mafia, y los amigos de MattFoggy, y Karen– luchan por volver a poner las cadenas sobre el peligroso villano. Sin embargo ninguno de ellos ve venir el renacimiento de un diablo, que tras renegar de su antigua vida, ahora se ha entregado por completo a ejercer de juez y verdugo.

El comienzo de la tercera temporada es lento, muy lento, pero a diferencia de las otras series Netflix, esta no tiene problemas de ritmo. “Daredevil” ha encontrado su esencia en el buen medir de los tiempos. En este caso para volver a ver al diablo en las calles, hacía falta una prueba de fe. Un proceso interno de un héroe que había visto como su mundo se venía abajo tras seguir con firmeza unos ideales determinados. La interpretación de Charlie Cox es asfixiante, dramática, y sobre todo inspiradora. Y es que en la fuerza de sus movimientos y el peso de sus palabras se siente cómo algo ha muerto dentro de él, y cómo en su lugar está creciendo una persona completamente nueva. Alguien más frío y despiadado que encaja con el tono que Olesson ha impregnado en toda la temporada.

Matt vaga por la oscuridad de la noche esquivando su anterior vida

Es imposible ignorar el juego de contradicciones con el que se construyen los nuevos episodios. Mientras Matt intenta olvidar su anterior vida enterrando una parte de su alma, el resto se empeñan en recordarle que todavía tiene tareas pendientes con el pasado. En esa fricción entre lo viejo y lo nuevo tienen un papel crucial los amigos del protagonista. Foggy (Elden Henson) y Karen (Deborah Ann Woll) no han conseguido olvidarle, y hacen todo lo posible por intentar recuperar a la persona que despidieron. La serie resuelve  esto otorgándoles mucho más protagonismo que en las anteriores temporadas, y regalando dos tramas separadas que aunque en un primer momento no forman parte de la historia principal, sí terminan confluyendo en Wilson Fisk. Netflix parece haber aprendido de los errores del pasado, y en lugar de reducir el número de episodios –siguen siendo 13-, opta por evitar el relleno con un universo creíble que no se siente forzado por el formato.

Pero si hay alguien que brilla especialmente ese es Vincent D’Onofrio. Ya se ha habló largo y tendido durante la primera temporada del magnífico trabajo que hacía el actor a la hora de trasladar el carácter y la fuerza de un personaje tan importante como Wilson Fisk. En este caso nos encontramos con una de las mejores actuaciones televisivas de todo el año, con un villano que arrastra como una centrifugadora a todos aquellos que tiene a su alrededor. Cosa que si bien beneficia al conjunto, termina eclipsando tanto las apariciones de Bullseye -un villano más arquetípico y menos inspirado-, como del agente Nadeem (Jay Ali) -una marioneta sin sin apenas desarrollo.

Donde brilla con intensidad la serie es en el enfrentamiento principal, una lucha en la que el choque de ideales y valores opuestos es más palpable. El conflicto de Fisk es más carnal que el de Matt -su amor por Vanessa-, y eso se siente en sus palabras y en sus actos. El nivel de inteligencia y astucia que desprende es temible, y la crudeza con la que ejecuta sus planes deja en muchos momentos sin respiración. Olesson marca más que nunca las distancias entre héroe y villano, simbolizando esa dualidad con la oscuridad del demonio, y la luz del villano. La luz, la fotografía, y los planos responden a este enfrentado esquema con un nivel que no se había visto previamente en otras series del universo.

El verdadero protagonista de esta temporada es él.

La reciente cancelada “Iron Fist”, o incluso “Luke Cage” no terminan de conseguir desprenderse de ese aire de serie B que tanto rompe la inmersión, pero “Daredevil” parece ir varios cursos por delante de sus compañeros. El nivel de producción de esta tercera temporada roza el sobresaliente. La dirección de Olesson es firme y despiadada, haciendo hincapié con los movimientos de cámara en los turbulentos sentimientos de Matt. Mención especial merece un plano secuencia en el cuarto episodio, que mantiene el ritmo y la tensión tan bien o incluso mejor que cualquier película del UCM. Sí, es cierto que aquí apenas encontramos CGI, pero la preferencia por las escenas nocturnas, y el color apagado general de los escenarios, recrea ese Hell’s Kitchen tan carismático que tanto asfixiaba ya en las anteriores temporadas.

Puede que tu tolerancia al fracaso con Netflix y las mallas esté en el límite, pero Matt Murdock ha llegado para volver a encender la llama de un universo de superhéroes que todavía tiene muchas cosas que demostrar, y mucho camino por recorrer. Y es que la tercera temporada de “Daredevil” no es solo el mejor episodio de la saga, sino también una de las series del género más brillantes de la historia. La fe por el demonio sigue más viva que nunca.


Contenido relacionado