Crítica de Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald, borrachera mágica

La segunda entrega del nuevo universo mágico peca de complaciente con una propuesta sobrecargada de referencias

Crítica de Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald, borrachera mágica
 

Salir a correr y terminar haciendo una maratón no es tan duro como preparar la subida al Tourmlet. Lo que en un primer momento nació como el regreso fugaz y momentáneo de la saga Harry Potter, se ha terminado convirtiendo en un proyecto megalómano capaz de rivalizar con la Pandora de James Cameron. “Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald” es solo un pequeño paso en los planes de J.K Rowling por encandilar a los fans –lo del dinero ya no la mueve- durante al menos una década más, y aunque intenta librarse de las ataduras que constriñen de forma innata a cada una de las historia previstas, la escritora termina sucumbiendo bajo una propuesta agolpada de ideas, personajes, tramas, y distracciones que no justifican el todavía incipiente Wizarding World.

David Yates se pone al frente de su sexta entrega de la saga, y lo hace valiéndose de la experiencia impagable que ha ido adquiriendo a lo largo de los años en la franquicia, y de una película –la de 2016- que aunque no cumplió con las expectativas de muchos, si sirvió de desatascador narrativo para esta continuación. La secuela llega sin el peso de tener que introducir a los personajes ni explicar el contexto histórico, y con muchas ganas de sorprender y ser grandilocuente. Algo que sin duda se deja ver a lo largo de las más de dos horas de metraje, en un planteamiento no obstante mas preocupado por hacer saltar a los fans en las butacas, que por consolidar una historia consistente y con poso.

Unos pocos meses después de que Newt (Eddie Redmayne) lograra con no poca ayuda desenmascarar las verdaderas intenciones del mago oscuro Gellert Grindelwald (Johnny Depp), una gran guerra comienza a avistarse en el horizonte. Motivado por su pensamiento clasista y su desprecio a los muggles, el malvado mago ha comenzado a reclutar seguidores por media Europa para preparar el gran golpe que cambiará el devenir del mundo mágico. Solo Albus Dumbledore (Jude Law), quien un día fuera su amigo, tiene la capacidad ahora de hacerle frente. Sin embargo la complicada situación de la leyenda empujará a Newt a recoger el testigo tomando parte de un conflicto del que siempre había querido mantenerse al margen.

Viajando de Nueva York a Londres, y de ahí a París, el magizoologista tendrá que hacer frente a reencuentros complicados, disputas familiares, y un enemigo capaz de acabar con la vida de miles de personas solo por ego. En ese complicado contexto un Credence (Ezra Miller) persigue respuestas sobre sus verdaderos orígenes, al tiempo que encuentra el amor, y es utilizado sin percatarse como detonador de un plan ulterior. Newt, Tina (Katherine Waterston), Queenie (Alison Sudol), y Jacob (Dan Fogler) por un lado, Credence por otro, y el Ministerio y Grindelwald supervisándolo todo, confluirán en un enfrentamiento no solo de varitas, sino también de ideales, valores, y formas de ver el mundo.

Los viajes son constantes a lo largo de toma la trama.

Si en la primera entrega Yates parecía recoger distintos elementos de las dos primeras películas de Harry Potter, para cocinar una introducción relativamente pausada, aquí se deshace de todo lo que sucedió en el nudo de la saga original, para lanzarse de lleno a un desenfreno de acción y grandes eventos que parece más un desenlace final, que la primera de cuatro secuelas. La premisa de “Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald” ya dejaba entrever cuál sería el camino elegido por el director para enganchar a todos aquellos todavía con medio pie fuera de la nueva saga. Habitualmente recargar una película con demasiados elementos suele repercutir negativamente al resultado final, pero Yates tenía un plan maestro; saturarlo todo, sí, pero del infalible fanservice.

Cada escena, cada diálogo y cada decorado están construidos de cara al deleite del fan de toda la vida. Esta es posiblemente la película del año con más concesiones por metro cuadrado, siendo casi imposible encontrar una historia debajo de toda esa complacencia. Bien es cierto que Rowling ya aclaró en multitud de ocasiones que esto lo hacía por sus seguidores, pero la idea en esta secuela parece haberse pasado de frenada. Y es que aunque la trama comienza enganchando directamente el final de la primera entrega con una apertura excepcionalmente bien  rodada, a partir de ese punto la película se va perdiendo más y más en subtramas sin demasiado interés, y en los saltos constantes de localización responsables ese ritmo endiablado que cubre todo el metraje.

Los saltos no solo son en el espacio, sino también en el tiempo -El flashback de la película toca el techo de la complacencia.

Hay historia, por supuesto que la hay, pero esta no porta ni la misma originalidad, ni el mismo peso que lo que vimos hace dos años. Se entiende que ante esa tesitura, el director optase por dar numerosas vueltas innecesarias, pero con esto más que entretener, lo único que consigue es crear un “pasen y vean” constante de escenas fugaces sin profundidad. No hay posibilidad ninguna de que Jude Law demuestre su talento, ni de que Eddie Redmayne demuestre su valía la frente del viaje. El único disfrute posible de “Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald” se encuentra no en su historia –la peor con diferencia de toda la franquicia Harry Potter-, sino en su apartado visual; un festival de magia y luces que representa el culmen del progreso que han alcanzado los efectos especiales en la industria.

No es complicado afirmar que esta película es una de las más espectaculares a nivel artístico y visual, no del año, sino de toda la historia. La británica Double Negative se marca su segundo tanto tras la pomposa y sobresaliente “Bohemian Rhapsody”, desplegando una artillería de efectos especiales que nada tienen que envidiar a ILM –también presente en el diseño de producción-. La recreación de las bestias es simplemente deliciosa, con un uso de la iluminación nunca antes visto en la gran pantalla. Ni si quiera los endiablados movimientos de cámara y la velocidad de las escenas hacen resentir el empaque visual. Al contrario, el estudio parece hacerse más grande según se va complicando el reto. Algo que demuestran resolviendo la notable mayor presencia de hechizos, con un trabajo que supera con creces a lo visto en las dos últimas entregas de la saga Harry Potter.

Las bestias lucen mejor que nunca gracias a unos efectos especiales absolutamente descomunales.

“Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald” eleva la apuesta con más tramas, más espectacularidad, y más derroche visual, pero se olvida de lo más importante; que está aquí para sostener una historia de largo recorrido. Más no siempre es mejor, y aunque Yates logra mantener el pulso con una cinta notablemente entretenida, se deja seducir demasiado por el jolgorio de la multitud, en detrimento de lo que podría haber sido una evolución narrativa de “La cámara secreta”. De esta orgía de magia y personajes que van y vienen, y macguffins es imposible salir sin un regusto amargo en la boca. Rowling bien haría en dedicar más su tiempo a crear una saga con peso, que a dejarse llevar por un universo totalmente corrompido por los devenires muggle de Hollywood.


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