Crítica de Ralph rompe Internet: Amistad a prueba de haters

Más grande, más entretenida, y más arriesgada

Crítica de Ralph rompe Internet: Amistad a prueba de haters
 

Más personajes, más referencias, y más escenarios. Disney se propone superar la “secuelitis” que azota Hollywood con una película que intenta durante casi dos horas hacerte olvidar que estás delante de una continuación. Y es que sí, aunque la primera entrega de la saga recaudó casi 500 millones de dólares, lo único que nos encontramos de ella en “Ralph rompe Internet” son sus protagonistas. Dos personajes que han entrado ya en el hall de la fama de la compañía, y que siguiendo el efecto habitual de sus héroes, solucionan todas las flaquezas del guion con su mera presencia. El pretexto era bueno, los elementos sobre la mesa esperanzadores, y solo hacía falta un poco de pegamento para echar a volar.

Seis años después de su incursión en el mundo de los videojuegos retro, Phil Johnston y Rich Moore recuperan a su grandullón afable, y a su niña kawaii, para expandir en todos los sentidos la saga. De por medio, estos cineastas dejaban en 2016 la soberbia “Zootropolis”, y llegaban cargados de ideas para la secuela. Con una base probadamente efectiva, la nueva entrega no necesitaba pasar por el trago de las presentaciones, y se podía permitir el lujo de lanzarse directamente a una nueva aventura. Una historia, que aunque parecía complicado, refuerza todo lo que ya funcionaba en la cinta de 2012, y añade nuevas ideas interesantes.

Vuelven las toneladas de referencias, los diálogos ligeros, y la sátira adornada de glasé. No han pasado ni dos décadas desde que Disney diera su primer paso en el mundo de la animación 3D –maravillosa “Chicken Little”-, y el estudio parece haber aprendido solo lo mejor de Pixar. “Ralph rompe Internet” huye del conformismo propio de las continuaciones, y se atreve a dar un salto de fe en un Internet cargado de posibilidades, pero también bastante alejado del terreno naíf en el que se suele mover el estudio. Google, Amazon, Ebay, sustituyen a Ryu y Pac-Man, para intentar enganchar tanto a padres, como milennials, centennials, y todas las generaciones alfabéticas posteriores. ¿Misión imposible?

Los tiempos cambian, y la sala de recreativas donde Ralph y Vanellope llevan toda su vida trabajando, está a punto de cambiar para siempre. Internet llega al salón, y acaba con la rutina de la que tan enamorado está el protagonista. Tras un incidente desafortunado con la máquina Sugar Rush, tanto Ralph como su compañera se tendrán que sumergir en la red para encontrar el repuesto que evitará el desmantelamiento definitivo del videojuego de Vanellope. Sin embargo, al llegar allí, la pareja no solo se tendrá que enfrentar a un mundo casi infinito, sino que además deberán superar grandes dificultades que pondrán a prueba su tan preciada amistad. Uno atado a su vida pasada, y otra ansiosa por conocer mundo, los dos tendrán que sobreponerse en la agradecida pero al mismo tiempo despiadada red.

Prácticamente desde el minuto uno Bob Iger enseña sus cartas y lanza un órdago directo a Pixar. Si bien durante los últimos años Disney había demostrado ser capaz de mantener la pasión de sus historias en las tres dimensiones, sus universos siempre pecaban de conformistas. En “Ralph rompe Internet” el estudio se supera a sí mismo dando vida a uno de los escenarios más espectaculares que ha visto la animación en la última década. La saga abandona el refugio seguro que suponía el salón de recreativas, y se adentra en un universo completamente abierto donde las temáticas ya no vienen compartimentadas. Todo está y no está al mismo tiempo en pantalla, convirtiendo cada segundo plano en un deleite repleto de referencias y detalles a escudriñar.

La película es un puzle repleto de acertijos visuales a resolver de lo más divertido.

Ya no existe la división en segmentos que tan bien funcionó en la primera entrega, y eso hacía algo más complicado mantener el foco en la historia principal. Con cientos de elementos en pantalla constantemente, las distracciones complican la inmersión narrativa, hasta el punto de erigirse como protagonistas. Los dos primeros tercios de la historia padecen de este mal que ya venía asomando las patas en la primera película,  y que aquí termina por evidenciar el problema de la sobrecarga de referencias. Esto perjudica a la trama, sí,  pero al mismo tiempo otorga un festival en el que es fácil deleitarse. Y es que si los guiños a sagas clásicas de los 8 bits enamoraron al público más veterano hace seis años, aquí Instagram, Twitter, Google, logran encandilar sin distinguir edades.

No hablo de una traslación literal de Internet a la pantalla, sino de una adaptación creativa y sorprendente marca de la casa. El juego que propone Disney pasa por ocultar marcas y compañías con nombres falsos, o conceptos ligeramente modificados. “Ralph rompe Intetnet” exige al espectador cierto conocimiento en redes sociales, y mide la satisfacción de cada uno en función de su cociente. Puede parecer algo injusto en un primer momento, pero Johnston y Moore saben igualar el reparto de diversión según pasan los minutos, y la historia va superponiéndose al escenario. El mensaje más profundo de la secuela es una consecución del tratamiento de la amistad que hacía la primera película. Es justo esto lo que redirige la cinta hacia el lugar que le corresponde.

Ciertas partes de la trama se asoman a la oscuridad de la red para demostrar de lo que es capaz uno por amistad.

La locura inicial con la que Disney se permite salirse del tiesto encajando referencias dirigidas con descaro al público más adulto, da paso a una historia algo más prototípica que puede resultar monótona. Funciona, por supuesto que lo hace, pero no hay nada en ella que la haga tan memorable como para ser recordada durante los próximos años. El ritmo endiablado de los primeros 40 minutos se esfuma para dar paso a una calma chicha bastante olvidable. La moralina típica del estudio regresa para lanzarnos los mensajes que ya conocemos sobre la honestidad, el amor, y la amistad. Cóctel de mensajes y valores que no sorprende, pero que llega envuelto con un cariño y cuidado enternecedor.

Superado ese valle, llega un acto final cargado de acción y más derroche visual. La resolución de la trama está bien llevada y los cabos sueltos atados. No obstante, el interés no radica tanto en lo que vemos, como sí en lo que no vemos. Y es que, a lo largo de la película, la evolución de Ralph y Vanellope va cocinándose hasta llegar a un punto de divergencia bastante sorprendente. Ambos parten de la misma línea de salida, pero al llegar al final del viaje cada uno posee una visión del mundo diferente. De ese distanciamiento, sin embargo, no nace odio ni pena. Disney por supuesto acepta a todos tal y como son, cerrando el círculo con el amor típico de cualquier fábula.

Shank es el protagonista con más presencia de en la historia, y con más momentos memorables.

“Ralph rompe Internet” termina de descargar el archivo dejando tras de sí una de las mejores experiencias de todo el año. Ni repite errores, ni se estanca en la comodidad del sofá, Disney saca de la zona de confort la idea original y hace un salto de fe del que sale reforzada. De paso actualiza a las Princesas –con dos de las mejores escenas de toda la película-, y demuestra el poderío de un universo ficticio al que no han dejado de llegar incorporaciones en los últimos años. Ralph no solo rompe Internet, pasa por encima como una apisonadora.  Huye de las generalizaciones para mostrar las dos caras de la red, un lugar del que algunos salen llorando, otros riendo, y del que Disney extrae una maravilloso viaje de sonrisas y lágrimas.


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