Crítica de El Gordo y el Flaco: Resiliencia ante el drama

Compañeros, amigos y hermanos

 

Qué hay más allá de lo que la televisión y el cine nos vende? ¿Son las estrellas realmente como las vemos por la pantalla? Jon S. Baird (“Filty, el sucio”) toma prestado el mito que dejaron dos de las estrellas más famosas de la historia de Hollywood para emprender un ejercicio de deconstrucción. No del biopic, arraigado con fuerza en lenguaje y escenografía, sino de los propios personajes a los que abarca. “El Gordo y el Flaco” va más allá de icono, colándose entre bastidores para mostrar a Oliver Hardy y Stan Laurel como nunca antes se había hecho. Y el experimento funciona.

Baird toma como fuente la novela de A. J. Marriot, “Laurel and Hardy: the British Tours” (1993) para aprovecharse de una premisa que crisparía de nervios a cualquier estudio; una historia que no quiere beber de la copa de champán, sino secarse las lágrimas. ¿Cómo? Mostrando la vida de las estrellas en sus horas bajas, cuando años más tarde de su ascenso a la fama, intentaban malvivir de los restos de popularidad que había dejado su juventud.  El guion de Jeff Pope se olvida de la complacencia habitual en este tipo de películas, dotándose de una carga dramática que rehuye de la compasión, y que recuerda a los momentos más elegantes de “Philomena”.

En una época en la que la industria parece haberse aficionado a los biopics más brillantes y estruendosos, “El Gordo y el Flaco” se presenta como una alternativa interesante para recordar a ciertas estrellas del pasado sin caer en los pecados del capitalismo. Y es que Baird demuestra que es posible desmitificar a una figura -en este caso dos- sin buscar el perjuicio o el espectáculo. La tan conocida corrección británica le permite tejer un drama coherente con la memoria histórica y con el cariño que todavía se le procesa a la pareja.

Para entender la tristeza de los protagonistas es importante entender qué han perdido con el paso de los años. Baird propone una introducción engañosa pero efectiva que nos retrotrae a los años 30, cuando el dúo cómico llenaba salas de teatro y protagonizaba sus propias películas. Pero este oasis de felicidad no dura demasiado. La amistad pronto queda subyugada al negocio, cuando ciertas diferencias profesionales provocan su separación. Esta muesca, que será temporal en sus carreras, terminará dejando un poso imborrable para el resto de sus vidas.

El Gordo y el Flaco

Con el tono ya fijado, “El Gordo y el Flaco” establece su verdadero terreno de juego; los últimos años profesionales de la pareja. Los tiempos cambian, y en plena década de los 50, Stan y Ollie no son más que el lejano recuerdo de un tiempo mejor. Como dos estrellas fugaces que no saben hacer otra cosa más que brillar, luchan contra el ostracismo de una audiencia que ya no les quiere, y con los prejuicios sociales hacia la vejez. “Pensaba que os habíais retirado” es una frase que se repite durante toda la gira que harán por Inglaterra para recuperar su lustro, y que reflejan en conjunto la diatriba que el director lanza contra el mundo del espectáculo.

Resulta curioso observar cómo dos personajes conocidos por su habilidad con la comedia, son retratados desde el drama, mientras Freddie Mercury, cuya vida estuvo marcada por la lucha y la irreverencia, es dibujada desde el desenfado más comercial. Eso es quizás lo que más le debamos a Baird; la superación de todas las tentaciones para dibujar un biopic verosímil. Un relato que no busca la grandilocuencia de la fama, ni persigue blanquear ningún borrón oscuro de la vida de la pareja. Pero el director no está solo en esa complicada misión.

Dejando de lado la cuidada escenografía, y el detallismo que dedica al equipo a recrear con precisión el estilo de vida de los años 50, el principal punto fuerte de la cinta son sus interpretaciones. Steve Coogan y John C. Reilly tienen una las químicas más enternecedoras y profundas de los últimos años. A través de las miradas, y la complicidad de los gestos, logran cincelar con habilidad la amistad de aquellos dos cómicos. Una relación que iba mucho más allá de lo profesional, y que tal y como se puede apreciar a través de la conexión con sus respectivos matrimonios, sobrepasaba lo familiar. Son ellos dos quienes logran soportar toda la carga dramática con ciertas escenas de una emotividad descollante.

Tan atrevido como interesante, el biopic se carga de momentos tristes y graciosos –la recreación de sus funciones siguen funcionando-, para sorprender sin notas altisonantes. Baird nos regala una película que va más allá del drama inherente a la decadencia profesional, y se embadurna de amor para demostrar todo lo que es capaz de hacer uno por la persona a la que quiere. Envejecen, se pelean, fracasan, pero la magia nunca se disipa entre ellos. “El Gordo y el Flaco” es una celebración a la amistad, el cine, y todo lo que hizo grande a una pareja que pasó a la historia por lo que fue y por lo que no llegó a ser.