The OA: El fino velo de la mentira

El estreno más misterioso de la temporada deja más oscuridad que luz

The OA: El fino velo de la mentira
 

Dicen que lo mejor de la vida son aquellas cosas que aparecen sin avisar, que lo cambian todo por completo. Hay otra forma de ver eso, de intentar prevenir las sorpresas por su naturaleza desconocida, y que en muchos casos solo puede conllevar una experiencia desagradable. “The OA” se tambalea entre los dos lados de la balanza, como un equilibrista que anda sobre una cuerda a miles de metros del suelo. Netflix mantuvo esta producción hasta pocas semanas de su estreno con la esperanza de lograr captar atención y generar morbo. La premisa lo tenía todo para triunfar, pero el escepticismo sobre lo que propone Zal Batmanglij es constante, y la química de Brit Marling es a todas luces insuficiente para enganchar al espectador. “The OA” te propone creer, pero no te da suficientes motivos para hacerlo ¿Por qué?

Una trama oscura, con toques de ciencia ficción y mensajes profundos. Netflix había vuelto a combinar los elementos que ya son marca de la casa para producir una nueva serie de la mano de Plan B, la famosa productora de Brad Pitt. Como suele ser costumbre habían decidido contar con un plantel de actores medianamente desconocido, a excepción de la protagonista y co-guionista Brit Marling. Las constantes referencias a otros directores y series, y unos interesantes cliffhangers al final de cada uno de los 8 episodios que conforman la primera temporada, van labrando un castillo de naipes. Sin embargo el ritmo y ciertas incongruencias importantes de guion acaban fallando en aquello que pretende: Hacernos creer.

“The OA” narra la historia de una joven ciega llamada Prairie Johnson que un día desaparece de la casa de sus padres adoptivos sin dejar rastro. A su regreso 7 años después, estos descubrirán que su desvalida hija ahora tiene la capacidad de ver. Prairie comenzará a partir de ese momento una complicada aventura para intentar demostrar la veracidad de su historia, y para ello contará con la ayuda de cinco extraños que escucharán sus palabras y seguirán sus pasos.

La premisa invita a interesarte por cada una de las 5 personas que protagonizan la narración actual. Tanto Buck Vu como Steve Winchell, Alfonso Sosa, Elizabeth y Jesse tienen unas historias y trasfondos con mucho potencial que sin embargo son dejados en un segundo plano en favor de la que la serie nos dice que debe ser la verdadera protagonista. Prairie hace las veces de protagonista en presente y pasado, y de narradora de sus propios hechos. Sin embargo es en ese punto cuando “The OA” comienza a embarrarse en un lodazal del que según van pasando los episodios le cuesta más salir. Porque la extraña joven de la que apenas nada se sabe, carece del suficiente carisma como para dirigir todos los cabos que va soltando la historia, y todo acaba condensado en un pasado que huele a convencionalismos.  A eso se añade unos padres que lejos de tener peso en el conflicto, son meros espectadores de los caprichosos deseos de una hija sobrepasada por sus propias alucinaciones. Porque son alucinaciones ¿no?

Batmanglij es consciente de que “The OA” no cuenta con una arquitectura muy solida, y por eso juega con los vacíos, con las preguntas sin responder, y con el potencial que guardan las redes sociales. La conversación pos visionado de la serie es la que ha terminado dando un contexto y profundidad a unos elementos ficcionales que son fácilmente rebatibles. Todo se basa en creer. Si aceptamos la historia que nos cuenta Prairie sobre su cautiverio, su amistad con Homer, y todo lo que le hizo el Doctor Hunter Hap entonces puede que entremos en su universo. Sin embargo la serie acaba jugando en contra de sí misma con un episodio final que pone en cuestión todo lo que ha ido desarrollando para abrir un debate que tiene más posibilidades de perder que de ganar.

Detalles como los constantes saltos temporales sin una coherencia lógica, o la desafortunada aparición de Paz Vega como una guitarrista cubana, rompen cualquier magia o química que pudiera estar surgiendo. No es la primera ni será la última que vemos cómo los clichés hacia la cultura hispana confunden y desdibujan las líneas entre el continente sudamericano y España. El caso de “The OA” no es sangrante por la evidente simplificación de la realidad, sino porque ni encaja con lo que se estaba narrando hasta ese momento, ni proporciona un ápice de credibilidad todo lo que se desarrolla en consecuencia de ello.

Como si de un videojuego se tratara, “The OA” propone elegir un camino. Si damos credibilidad a las palabras de Prairie entonces podremos empatizar con el resto de los 5 individuos, y comenzaremos a entender lo que siente ella. Sin embargo podemos caer del otro lado. De la postura que defienden sus padres, el agente Scott Brown y el resto del vecindario. El cliffhanging es algo palpable, tras finalizar la serie puedes haber ido recogiendo distintas pistas y señales para construir teorías que defiendan tu postura o desmonten la contraria. El problema es que la historia no invita a detenerte en esos detalles. A pesar del endiablado ritmo digno de animes tan supinos como “Monster”, y del constante oscurantismo propio de “Perdidos”, el conjunto no invita a la reflexión in situ. Eso termina por hacer que nos deslicemos por una superficie que pretende contener profundidad pero que no hace nada para demostrarlo.

En “The OA” el poder lo tienen los espectadores. No es la serie la que intenta valerse por sí misma, sino que deja a los demás que construyan sus propios argumentos. Esa constante subjetividad carente de momentos de acción, y la promesa de algo que nunca llega puede terminar por provocar hastío. Las ideas son poderosas, pero su desarrollo es bastante torpe y desaprovechado. La fotografía acompaña, pero los diálogos cojean. Los mensajes llegan, pero los elementos que los respaldan no. Los cinco chicos tienen cinco potenciales historias que quedan sumergidas en la nube construida por ella misma.  El desenlace de cada episodio invita a continuar, pero el ritmo acaba lastrando la aparente premisa inicial.

Netflix ha conseguido vender un caramelo que no se puede probar. Debes creer que dentro de ese envoltorio hay un dulce, pero no hay nada que te invite a creer en ello. El escepticismo es constante, y los viajes astrales y sucesos mágicos y divinos quedan anclados a una realidad anodina y torpemente llevada. El mismo ejercicio que Shyamalan logró resolver con maestría en la archiconocida “El sexto sentido” o “El protegido”, aquí deja un resultado algo más discreto y abierto a discrepancias profundas. A pesar de todo sus creadores ya han anunciado una segunda temporada, y esta vez prometen desvelar el color y sabor de ese caramelo. La pregunta es si muchos compradores volverán a hacer fila esperando algo que parece nunca llegar.


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