Crítica de Aniquilación: la intrincada filosofía de lo sublime

Garland se desata con un espectáculo desbordante y lleno de matices

Crítica de Aniquilación: la intrincada filosofía de lo sublime
 

Cuándo un director define su propia película como algo inexplicable, y se maravilla cual niño de su castillo de arena, es porque ha nacido algo importante. “Aniquilación” era uno de esos proyectos que nunca nadie, ningún director en su sano juicio, hubiera escogido. La novela de Jeff VanderMeer que forma la primera parte de la trilogía Southern Reach es una historia sensorial, que explora lo místico, y avanza hacia recovecos de lo sugerente sin nunca revelar sus formas. ¿Cómo trasladar eso a pantalla? Alex Garland conocía muy bien la dimensión filosófica del cine cuando aceptó la proposición de Skydance Productions para dirigir esta película. Sus dotes para manejar un concepto tan complejo como el que presentaba Ex Machina le convertía en el candidato perfecto para bucear en el barro.

Muchas veces hemos visto cómo grandes libros llegaban al cine con adaptaciones que o bien recortaban el material original, o bien introducía elementos que ensalzaran el “factor” visual de la obra. Garland no necesita hacer nada de eso para generar angustia, dejar sin respiración al espectador, y conseguir un clímax que pocas veces antes se han visto en la historia del séptimo arte. “Te puedo decir que es alucinante, surrealista, extremadamente hermosa, extremadamente horrible, y estaba tan tenso que nuestros cuerpos quedaron magullados y doloridos tras hacerla“, explicaba el director días después del estreno. Esa es precisamente la mezcolanza de sentimientos que genera una cinta que salta del cine a Netflix fuera de Estados Unidos por las preocupaciones del estudio en torno a lo “filosófico” de un resultado más bien inquietante.

Para esta complicada tarea de cirujano, Garland se hizo con un reparto de lujo que no hizo más que aumentar más la expectación durante las semanas previas a la premiere. “Aniquilación” narra la historia de Lena (Natalie Portman) una bióloga que intenta rehacer su vida después de que su marido Kane (Oscar Isaac) desapareciese de una misión secreta del ejército. Tras la reaparición de este último, y unos extraños comportamientos, Lena acaba embarcada en una misión por desentrañar el misterio del “Área X”, una zona deshabitada y peligrosa en torno a la que ha aparecido un inquietante halo que altera la composición biológica de todo ser vivo dentro de su rango.

En su misión, Lena se incorporará a la expedición número 12 de la corporación Southern Reach, que tras perder a cientos de hombres formados, decide enviar a un equipo únicamente formado por mujeres: La propia Lena, la doctora y psicóloga Ventress (Jennifer Jason Leigh), la topógrafa Josie Radek (Tessa Thompson), y la antropóloga Anya Thorensen (Gina Rodríguez). Ellas son las elegidas de desentrañar el misterio en una empresa considerada como suicidio, que las llevará a conocer el propio sentido de la vida, en un clímax soberbio y exquisito.

Garland, quien reconoció ni siquiera haber necesitado terminado de leer los libros para convencerse de hacer la película, opta por simplificar todo lo posible los hechos de la obra original, aportando datos y detalles nuevos que no logran sin embargo simplificar el planteamiento. Aquí, a diferencia de lo escrito por VanderMeer, las protagonistas sí tienen nombres y apellidos, y se les atribuye cierto trasfondo para intentar transmitir empatía. Lo mismo ocurre con Lena, quien no cuenta con los flashbacks de la niñez, pero sí tiene saltos temporales en los que dialoga con su marido. “Aniquilación” parte de este delicado contexto pero se desenvuelve de forma magistral.

Los últimos dos cuartos de la película son pura magia desbordante, pero para llegar hasta ahí el director cocina la tensión a fuego lento, quizás demasiado. Tanto la presentación de los personajes como todo el camino recorrido para llegar a lo realmente interesante, son el mayor punto negro de este filme. La primera hora no presenta nada que aporte a la trama principal, y resulta ser un simple estorbo que termina empujando las duración final del metraje innecesariamente. No obstante, Garland parece desatarse a partir del ecuador de la historia, y va tejiendo con soberana maestría cada golpe, cada silencio, y cada mirada. En “Aniquilación” no hay monstruo, no hay villano, son las propias científicas quienes evolucionan y se enfrentan a sí mismas.

No me equivoco al decir que esta película es, sin duda alguna, la más bella que ha pasado por el catálogo de Netflix. El director redirige los esfuerzos a no contar con palabras, sino con imágenes. Y vaya si lo consigue. Rob Hardy repite de nuevo junto a Garland como responsable de fotografía, y lo hace con unas composiciones coloridas, desbordantes, y sobre todo sorprendentes. No necesita de grandes recreaciones CGI, y todo está encajado de manera sutil. Tanto es así, que la inmersión es casi completa cuando llega el momento de la verdad. Es solo ahí, cuando Hardy despliega su talento y nos regala la mejor media hora visual en las últimas décadas de la ciencia ficción.

Al mejunje de talento suman sus acordes Geoff Barrow y Ben Salisbury, quienes después de maravillar con sus piezas alejadas de lo comercial en “Ex Machina”, regresan para empujar la película cuando se estanca en sus tribulaciones, logrando de paso engrandecer el espectáculo emocional del último cuarto. La masa de temas incidentales se funde como la propia Área X, y genera un contexto idóneo para que Garland despliegue su propuesta. Esta música además es el fuel que emplea el director para arrancar el motor durante el farragoso viaje inicial.

Pocas cosas se le pueden reprochar a “Aniquilación”. Quizás se eche en falta un mayor protagonismo del resto del reparto teniendo en cuenta la altura de las estrellas de las que estamos hablando. Pero lo cierto es que Portman construye a uno de los personajes más complejos de los últimos años. Se come literalmente la pantalla, y aunque no logra brillar sin la ayuda del director, sí aguanta sobre sus hombros la carga emocional de sus poco dibujadas compañeras. Cosa que nada importa cuando la novela entra en su verdadero núcleo temático; un pastiche de ideas existenciales y surrealistas que Garland resuelve con una secuencia que quita la respiración, y que no hace sino sembrar la semilla para las futuras secuelas.

En definitiva, “Aniquilación” es una joya de esas que cuestan encontrar en el cine actual. Una propuesta que no es promiscua al entendimiento y que, al igual que ya le ocurrió a Aronofsky, no está siendo correspondida en la taquilla. Está claro que los estudios saben lo que hacen cuando miran hacia otro lado con este tipo de proyectos, pero aquél que lo intenta se gana el pase al gremio de los valientes.  Y es que el término “sublime” no fue inventado para describir la belleza extrema, nació esperando el momento de fundirse con esta película.


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