Crítica de Aquaman: El rey de los excesos

El rey de los mares regresa por todo lo alto con un festival visual de entretenimiento palomitero

Crítica de Aquaman: El rey de los excesos
 

Existe una fina línea entre la autoconsciencia de ser un payaso, y el ridículo de quien se pretende gracioso. Cuando James Wan llegó al DCEU lo hizo con una gran cantidad de promesas bajo el brazo, y la misión del cambio. De hacer borrón y cuenta nueva, dejando atrás ese demonizado pasado de Zack Snyder, para continuar la línea luminosa y ligera iniciada con “Wonder Woman”. Y eso es precisamente lo que consigue el director con “Aquaman“; una película con personalidad propia que sabe lo que quiere, y no tiene vergüenza en hacer uso de todos los trucos posibles para ser un entretenimiento vulgar, pero al fin y al cabo entretenimiento.

Nos olvidamos del estilo y elegancia que depositó Patty Jenkins en sus guerreras Amazonas, y nos sumergimos en el océano para disfrutar de un festival alocado de excesos. Warner Bros. le dio total libertad a Wan para que obrara como quisiera, y eso se refleja en un producto final plagado de todos los desvaríos pasionales del director. “Aquaman” es un cómic en movimiento que traduce el lenguaje del medio en escenas algo rocambolescas, pero muy fieles al tono que le corresponde al género. Es el punto de inflexión real que buscaba el estudio para marcar un nuevo camino, un cambio completo de forma y fondo que sin embargo se esfuerza más por incomodar, que por salir del escenario con algo de dignidad.

El mar y la tierra siempre fueron dos mundos separados, no por la naturaleza, sino por aquellos que las habitaban en aparente equilibrio. Sin embargo la humanidad, en su afán por conquistarlo todo, comenzó a destruir el mundo de los habitantes de las profundidades. Estos, tras años de resistencia, ahora se disponen a iniciar una guerra para acabar con los terrestres antes de que ellos acaben con ellos. Orm (Patrick Wilson) , el rey de Atlantis, inicia esta inquisición empujado por sus deseos de poder personal, y por todos sus miedos. Imponiendo la fuerza con astucia intentará unir a todos los reinos del océano para erigirse como el rey del mundo.

Solo una persona puede deternerlo, aquél que nació del mar y de la Tierra. Arthur Curry (Jason Momoa), hijo de un marinero, y de la reina Atlanna (Nicole Kidman) ha vivido siempre alejado de su hogar, guardando en su interior el rencor nacido del trato que le dio ese mundo a su madre. Esta, por amor incumplió todas las leyes de las profundidades, y terminó siendo empujada al exilio para evitar que su hijo sufriera ningún daño. Cuando Mera (Amber Heard), la princesa de uno de los reinos acuáticos, acuda a Arthur para pedirle que reclame su lugar como rey, y evite la guerra que quiere iniciar su hermanastro, la respuesta por parte del héroe será obvia. No obstante, el deseo de proteger a su familia y a su mundo, terminarán empujando a Arthur a emprender una misión casi suicida para dar un golpe de estado y evitar la catástrofe.

¿Una toma épica? Repitámosla durante varias veces a lo largo de la película.

James Wan se ha pasado las últimas semanas hablando de la cantidad de referencias al género de la fantasía que había incluido en la película para recrear los mundos subacuáticos. Esa idea de mezcolanza, de coger de forma caprichosa distintos tropos, es la premisa que viene a definir “Aquaman”. No hay ninguna intención de buscar una historia compleja, o de dejar en el espectador un conflicto moral, Warner Bros. no quería volver a pasar por lo mismo, y eso le facilitaba el trabajo a Wan. El objetivo era crear una historia simple, directa, y entretenida, cosas que el director consigue superponiendo la locura ineherente al propio protagonista, a cualquier idea, mensaje, o cohesión que pudiera albergar el metraje.

Estamos ante una quimera de ideas y estilos que no sabe ni quiere definirse a sí misma. Esto permite que a lo largo de las casi dos horas y media que dura la cinta, el ritmo no decaiga en ningún momento. No hay respiro, ni siquiera cuando parece que la trama busca un punto de fuga con escenas de diálogos. Si la trama llega a un callejón así, Wan la revienta con una explosión inesperada –sucede reiteradamente- para devolver el curso narrativo a la acción. Y es que no importan demasiado las motivaciones de los personajes; todo al final responde a clichés del género más noventero. Lo único importante es entretener, y eso “Aquaman” lo consigue con arrojo.

La trama política es más un mcguffing en favor de la acción, que algo con valor por sí mismo.

Se puede hablar del espíritu gamberro que Jason Momoa imprime al personaje, o de la elegancia y fuerza que proyecta Amber Heard con cada aparición, pero ni ellos, ni el resto del reparto logran romper el grueso manto de efectos especiales que los cubre. Se intuía que una cinta apoyada principalmente en el apartado artístico, terminara sepultando cualquier posibilidad interpretativa, y eso es precisamente lo que sucede. De la trama palomitera con el héroe clásico, y el villano de turno, la atención se desvía rápidamente al increíble universo acuático de Wan. No se puede hablar de un preciosimo a la altura de “Ready Player One”, pero sí de una personalidad no vista en ninguna otra película de este año.

Partiendo de lo estridente de la fotografía, con colores intensos –incluso surrealistas en escenas sobre tierra-, Warner Bros. intenta desmarcarse del puro músculo técnico con un chorro arrollador de originalidad. Desde las monturas marinas, pasando por la arquitectura de las distintas ciudades, y llegando a la iluminación de los vehículos, todo responde a ese exceso tonal pretendido por el director. El conjunto es un universo rico, cargado de sorpresas, que por sí mismo consigue aportar más valor al conjunto que la propia historia. En algunos puntos de la trama, especialmente de cara al agotador tercer acto, algunos parajes llegan a ser hipnóticos, como si el deseo de Arthur de volver a ese mundo traspasara las butacas de la sala de cine.

Las escenas de acción son master pieces que sobrecogen y llevan el rimo general de la película.

Ahora bien, no a todo el mundo le agradan los excesos. La película se pierde muchas veces en sí misma, intentando llamar la atención con estímulos constantes sin saber muy bien hacia donde va. La locura de referencias además no solo desdibuja el posible mensaje interno de la historia, sino que llega a afectar incluso a la música. Un apartado que se queda muy por debajo del resto del material, dando la sensación de estar construido por piezas inconexas, sin una cohesión temática. ¿Era buena idea incluir a Pitbull en los créditos? No lo parece, pero su estilo venía a respaldar el énfasis por la desmesura palomitera de la producción.

Aquaman” es el novio o la novia que nunca le presentarías a tus padres. Una gamberrada intrascendente que cuanto menos se piensa, más se disfruta. Es un cascarón vacío que conquista solo por su envoltorio, y que deja algunas de las escenas y momentos visuales más espectaculares que jamás ha visto el género de los superhéroes. El universo DC ha abandonado la oscuridad y solemnidad del pasado, para revolcarse en una luz kitsch, a veces con dignidad, y otras sin ella, pero en definitiva más apegada a un lenguaje lúdico más universal.