Crítica de The Punisher Temporada 2: Una muerte agridulce

El personaje dice adiós apelando a la violencia por la violencia

Crítica de The Punisher Temporada 2: Una muerte agridulce
 

Frank Castle siempre ha sido como ese familiar lejano al que debes acoger en tu casa pero en realidad no conoces. Aunque el personaje fue introducido en la segunda temporada de “Daredevil”, y sus historias transcurrían en el mismo universo, siempre se sintió ajeno a todo lo que estaba sucediendo. Steve Lightfoot supo captar el tono y la esencia del anti-héroe con una primera temporada que arrasaba principalmente por su alejamiento de los códigos que rigen el universo televisivo Marvel. Su acción descarnada, y su tono oscuro hacían de “The Punisher” una soplo de aire fresco más que agradable. Esa sorpresa se esfuma por completo en su regreso.

Lo habitual en una secuela es que los responsables recojan todo lo que ha funcionado en el pasado, para mejorarlo e incluir elementos nuevos. Lightfoot se olvida de que la segunda bala pertenece al mismo cargador, y dibuja una trama muy irregular, carente de originalidad, y sobre todo, incoherente con el desarrollo del protagonista. Con el final de este universo a la vuelta de la esquina, parece que los productores querían hacer todo el ruido posible sin preocuparse demasiado por la continuidad. Y es que este justiciero tan particular ya no se parece ni al personaje de Gerry Conway, John Romita Sr. y Ross Andru, ni al mostrado por la serie el año pasado.

“The Punisher” navega siempre entre puentes. Nunca llega a culminar nada de lo que se propone, porque está obsesionado por intentar sorprender al espectador bombardeándolo con estímulos. La historia en este caso parecía arrancar con fuerza, dando un giro de 180 grados a la serie, y planteando una premisa inicial muy prometedora. Sin embargo pronto los 13 episodios hacen mella en el ritmo, y comienza de nuevo a estirarse ese chicle infinito que lleva masticando Netflix desde hace años. Al final deja un regusto amargo, pero al menos por el camino muestra señas de lucidez.

Ha pasado algún tiempo desde el final de la tercera temporada de “Daredevil”, y Frank Castle (Jon Bernthal) se encuentra perdido por el interior de Estados Unidos intentando iniciar una nueva vida. Reconciliado con su pasado, y lejos de casa, Frank es capaz de encontrar el amor, y dejar de ser una máquina de matar, para simplemente vivir feliz. Sin embargo la desgracia volverá a cruzarse en su camino cuando de forma casual se termine viendo envuelto en la protección de Amy (Giorgia Whigham), una joven misteriosa a la que persigue una misteriosa mafia de sectarios religiosos liderados por John Pilgrim (Josh Stewart).

El nuevo villano queda desaprovechado en pos de una trama que sabe a reciclado

Podría haber huido, haber mirado hacia otro lado, pero Frank responde a la llamada de su interior, y vuelve a recoger el manto de The Punisher. Subido de nuevo a la montaña rusa de muertes y odio, Frank se convierte el ángel guardián de Amy, al tiempo que sus antiguos amigos acuden a él para resolver el único fleco que dejó sin cerrar de su pasado; Billy Russo (Ben Barnes). El antiguo compañero de la marina ha sobrevivido a la pelea que tuvo con él, y ahora reconvertido en un psicópata desequilibrado, vive obsesionado con la calavera. ¿A quién debe prestar atención Frank? ¿A su pasado o a su presente? Ni siquiera la serie es capaz de responder a esas preguntas.

Lo que en la primera temporada fue una historia principal bien hilada con una subtrama política que contribuía al desarrollo nuclear de la serie, en esta ocasión son no una, ni dos, sino muchas historias. Lightfoot se embebe de ambición y en lugar de apostar o bien por el conflicto con Russo, o bien la amenaza con el peligroso Pilgrim, decide quedarse con todo. El resultado no es una temporada variada, con dinámicas entrelazadas, y un mensaje general. “The Punisher” se convierte en dos series distintas; y ninguna de ellas buena. Personajes que van y vienen sin dejar rastro, subtramas que dan comienzo para llegar a un callejón sin salida y aparecer 8 episodios más adelante, personajes incoherentes. Todo responde a una sobrecarga narrativa que lastra la serie en su conjunto.

Puzzle podría haberlo sido todo, pero queda sepultado por la irregularidad

Aunque el director intenta recuperar los temas de la primera temporada para seguir desarrollándolos, lo cierto es que no lo consigue. “The Punisher” funcionaba porque no perseguía crear una saga a largo plazo, porque se encerraba en sí misma para contar una historia autoconlusiva. Volver a abrir ese frasco provoca que muchas de las ideas plantadas allí queden completamente desdibujadas. La violencia descarnada entonces estaba justificada por el asesinato de la familia de Frank, pero ahora nada la ata al suelo. Frank es una máquina de matar porque así lo exige el guion. Hay una distancia emocional notable entre actos y pensamientos, y la serie no hace nada para que nos preocupemos por ello.

Lightfoot intenta paliar este mal trufando de arriba abajo la temporada con flashbacks y secuencias oníricas introspectivas, pero lo único que consigue es entorpecer un ritmo ya de por sí irregular. El showrunner sigue cometiendo además el error de dar demasiadas vueltas para contar algo que podría ser resuelto de forma más rápida y eficiente. Cada escena está estirada artificialmente hasta el hartazgo, y a lo largo de los 13 episodios encontramos más relleno que material interesante. Ya no es que no nos importen los personajes, es que se limitan a mirar al infinito y a hacer cosas que no aportan absolutamente nada a la trama. ¿Dónde debemos poner la mirada entonces? La serie te da a elegir entre el villano incoherente, o el villano cliché.

The Punisher
A pesar del guion, la temporada tiene alguno de los momentos televisivos más impactantes de los últimos años.

La introducción de Pilgrim es refrescante, y apunta maneras durante los tres primeros episodios de la temporada, pero inexplicablemente los guionistas lo dejan por completo de lado –literalmente- para centrarse en el conflicto con Billy. Hay tal desconexión entre el primer tercio de la temporada, y el resto, que parecen dos series distintas. El Frank Castle cercano al John Wayne del western es exótico, misterioso, y muy sugestivo. Funciona mejor en todos los sentidos que el vengador reciclado posterior, pero claro, había que volver a meter en la función a su principal antagonista. El medio rural es sustituido por la ciudad, y lo que parecía un inicio diferente, se convierte en un escenario demasiado familiar. Uno en el que no tienen espacio ni Pilgrim ni Amy.

Con la llegada de Billy la serie se embarra, y recae en los mismos vicios de siempre. Este problema, que podría haberse paliado con un guion sólido, es lastrado por un antagonista incomprensible. Tanto desde el punto de vista del estudio – ¿por qué?- como desde la perspectiva del espectador. Lightfoot se aprovecha de la condición trastornada y psicótica de Puzzle para utilizarla como cajón de sastre. El showrunner malentiende la enfermedad con excentricidad, y dibuja a un personaje errático que va dando bandazos sin sentido durante toda la temporada.

The Punisher
El cierre del personaje sabe a muy, muy poco.

En ciertas ocasiones parece un asesino, en otras un simple demente, y en otras un inteligente criminal. Ninguna de esas facetas está cohesionada, y el personaje de la psicoterapeuta Marlena (Teri Reeves) no hace más que ralentizar el ritmo ya de por sí plomizo. El maquillaje cuestionable de la cara de Billy resulta al final ser el menor de los problemas. Puzle debía ser el rival vital de Frank, pero ni uno ni otro buscan en realidad el enfrentamiento. La serie se obstina en cruzarlos cuando el primero sigue intentando superar el trauma, y el segundo quiere seguir hacia adelante. ¿Por qué entonces esta predisposición al combate? Lightfoot sabe que su única salvación es la violencia.

A pesar de todos sus problemas de guion, “The Punisher” sigue siendo una de las mejores series de todo el universo televisivo Marvel. La principal razón se encuentra a nivel técnico. Al igual que a sucedía en la primera temporada, aquí las escenas de acción están confeccionadas con un gusto sádico impresionante. El realismo extremo invita en más de una ocasión a apartar la mirada de la pantalla, y el baño de sangre ahora resulta incluso más placentero de ver que el año pasado. Cierto es que ese gore ya no tiene tanto peso, pero desde un punto de vista meramente formal, justifica casi por sí mismo el visionado de los nuevos episodios. El regreso de Frank Castle resulta en un festival glorioso de vísceras que entretiene desde el espectáculo, pero decepciona como despedida final del personaje.