Crítica de Glass: Más Shyamalan que nunca

El director cierra la trilogía con una cinta irregular que no cumple con las expectativas

Crítica de Glass: Más Shyamalan que nunca
 

No es Bertolucci, no es Clark, y no es Tarantino, pero sí comparte un denominador común con todos ellos. El cine de autor muchas veces va ligado a la controversia, a casarse más con pocos que con muchos. Pero eso no le ha detenido en más de dos décadas de carrera. Y ni ahora, cuando parece acercarse más a la tangente comercial, termina de soltar su esencia. M. Night Shyamalan lleva más de diez años peleándose con la crítica. La fama que le acarreó primero “El Sexto Sentido”, y después “Señales”, le terminaron pesando demasiado. Sus trucos narrativos ya no convencían, y su imagen se iba avinagrando. Hasta que Jason Blum llamó a sus puertas, le regaló una película como “La visita”, y le permitió terminar el proyecto más ambicioso de su filmografía.

Si hay que citar un momento inesperado en el cine en estos últimos años, es probable que el final de “Múltiple” sea el mencionado. La película protagonizada por James McAvoy se vendía como un thriller psicológico propio del cineasta, pero terminaba siendo la secuela perdida. El legado de “El Protegido” renacía, y empujaba a Shyamalan a concluir una trilogía aparecida de la nada. Sus juegos le habían permitido evitar la burbuja de expectación propia de una saga gestada durante 19 años, pero ahora no tenía escapatoria. “Glass” llega como un alto muro que debe saltar.

20 millones de dólares y un trío de inadaptados con síndrome de Superman. Eso es todo lo que tiene el cineasta para convencer a una audiencia que con su nombre en los créditos nunca puede terminar de relajarse. A pesar de ser el cierre de una trilogía, “Glass” no tiene ese aire de grandeza tan propia de Marvel, ni lo pretende. Shyamalan se mantiene fiel a su visión del superhéroe. Ese ser sobrenatural alejado del buenismo de Hollywood, que lucha por integrarse en una sociedad de la que no se siente parte. El mensaje plantado en la primera película de la saga, que quedaba diluido en la secuela, vuelve más fuerte que nunca. Quizás demasiado.

Si hay que cruzar a tres protagonistas sin embarrarse en líos narrativs, la mejor opción es encerrarlos. A diferencia de otras cintas del género, en las que la tensión se va cocinando hasta el enfrentamiento final, “Glass” opta por poner las cartas sobre la mesa desde el principio. David Dunn (Bruce Willis) y Kevin Wendell Crumb (James McAvoy) son encerrados en un manicomio tras ser pillados por la policía en medio de un enfrentamiento callejero. De ahí van a parar a un manicomio, donde la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson) tiene 48 horas para diagnosticarlos y convencerlos de que en realidad no son superhéroes. Al mejunje se une Elijah Price (Samuel L. Jackson), antiguo conocido de Dunn, y enfermo también de la misma patología.

Desde el minuto uno “Glass” deja bien claro que a pesar de hacer uso de elementos narrativos propios del género, en realidad no es más que un thriller sobre la soledad. Un viaje introspectivo hacia las mentes de tres individuos lastrados por unos pasados traumáticos. “Shyamalano” es un adjetivo que nos ayuda a encontrar una etiqueta para ese acercamiento tan particular del género; ni grandes set pieces de acción, ni fanfarrias sonoras, ni frases cargadas de moralina. El director busca la deconstrucción más agresiva desde el reencuentro con el verdadero fan del cómic. Y para ello echa mano de un órdago lento de 2 horas y cuarenta minutos.

Glass


Shyamalan tiene un estilo propio ácido no apto para todas las lenguas. Ya sucedía en “Múltiple”, y vuelve a ocurrir con más intensidad en “Glass”. Si no entras en el primer acto, duermes. La película puede convertirse en una experiencia plomiza y monótona. El cineasta tiene claros sus objetivos, y no le importa dejar de lado a muchos espectadores para conseguirlos. El problema es que el sacrificio no termina de salirle a cuentas. Cierto es que tiene todo lo necesario para cocinar un plato delicioso, pero se pasa de cocción con algunos ingredientes.

Una de cal y una de arena. McAvoy vuelve a desbordar la pantalla con su arrolladora interpretación, y sus 24 personalidades, pero Willis se pasea por la escena como un fantasma. Aunque había ganas de volver a ver a la estrella en el celuloide, lo cierto es que no logra estar a la altura de las expectativas. Dunn es, de lejos, el personaje más irrelevante y aburrido de toda la película. Sus miradas perdidas, y sus pocos diálogo le convierten en un perchero con túnica que aporta tanto como el vigilante de seguridad. Ahora bien, la culpa no es del todo suya.

Glass
A Charlayne Woodard y Anna Taylor -Joy les sucede lo mismo que a Willis; pasaban por allí.

Shyamalan quería regalarle esta entrega a Jackson, y lo dispone todo para que así sea. La presencia de Dunn en la historia era necesaria para equilibrar la balanza, pero la historia está volcada por completo a Glass. Aunque el personaje no abre la boca durante los primeros 40 minutos de cinta, la interpretación gestual del actor crea una burbuja de suspense a su alrededor que basta para arrollarlo todo. No es hasta que este entra en trama, cuando la película se quita de encima ese inicio pegajoso y poco inspirado, cobrando interés. El problema es que para entonces más de uno ya habrá desconectado.

La irregularidad es algo presente a lo largo de toda la película, y termina lastrando las sensaciones finales. Shyamalan está tan enamorado de su saga, que en no pocas ocasiones da más rodeos de los necesarios. Alarga los silencios de forma pretenciosa, y recurre a las cámaras de seguridad del manicomio sin más propósito que el deleite. Ni siquiera el suspense –tan bien gestionado en “Múltiple”– hace acto de presencia. Y eso esa es quizás la horma del zapato de “Glass”. El director no puede esconderse tras las sombras, como bien acostumbra. No hay misterio porque el enfrentamiento final es obvio, y porque ya conocemos a los personajes.

Glass
La acción sigue teniendo un regusto artesanal que casa con el mensaje de la saga.

El pastel en su conjunto es demasiado previsible. El cineasta se empeña en explicar demasiado las cosas para preparar el discurso final, y por el camino termina resultando cargante. Incluso las escenas de acción se ven interrumpidas constantemente por el guión. Suerte que lo que falla en contenido, el director lo solventa en forma. Shyamalan flota por el set, demuestra su experiencia sorprendiendo con cámaras en mano, y planos imposibles. Se disfraza de titiritero para intentar engañar al espectador huyendo de los efectos especiales. Porque precisamente de eso trata “Glass”; de creer o no creer.

La trilogía al final se despide con un cierre que responde solo a las expectativas de los seguidores más fervientes. Ni siquiera el tramo final, que podría haber servido como redención, corrige el amargo regusto del clímax. Y es que Shyamalan decide poner punto y final a la saga con uno de sus ya conocidos y confusos desenlaces. Un impasse que se siente demasiado alargado, y que queda sepultado por el giro narrativo previo -sí, aquí también lo hay-. “Glass” no es ni el desastre que muchos quieren hacer creer, ni el broche de oro de nada. Es solo un cristal roto que ni siquiera corta.