Crítica de El parque mágico: Una montaña rusa defectuosa

La potencia sin control no vale para nada

Crítica de El parque mágico: Una montaña rusa defectuosa
 

Lo que antes era un ticket directo a la libertado creativa completa, ahora se ha convertido en un condicionante que pone más peso si cabe sobre las historias que pasan por él. La animación ya no es un saco de ideas locas en el que experimentar, y eso es algo que Paramount Pictures no ha tenido en cuenta a la hora de probar suerte en ella. Es brillante, llamativa y cuenta con personajes visualmente carismáticos, pero “El parque mágico” es precisamente solo lo que aparenta ser; Un pastiche de ideas sin fraguar que terminan colisionando en un cóctel algo indigesto.

Y resulta sorprendente encontrarnos ante una película así con un hombre como Dylan Brown al frente. Quien pasara por películas como “Monstruos S.A.”, “Ratatouille”, o “Buscando a Nemo”, abandona el nido de Pixar con un vuelo que no logra aterrizar sin daños. Y ya no solo se trata de una historia sin gracia llena de tropos, sino también de una animación que sin llegar a ser desastrosa, no logra en ningún momento conectar las emociones de la protagonista con el mensaje que intenta transmitir.

Se puede entender que la pareja formada por André Nemec y Josh Appelbaum no diera la talla a nivel de guion tras haber firmado cosas como el reboot de “Las Tortugas Ninja”, pero en lo que realmente decepciona “El parque mágico” es en la poca capacidad que tiene para explotar una premisa que en cualquier otro caso habría dado lugar a un universo creativamente exuberante. ¿Un parque de atracciones imaginario? El sueño de cualquier niño se convierte en la siesta de media tarde. Aunque no todo son ronquidos.

“El parque mágico” es una de esas películas que puede llevar a engaño tanto por su título como por su promoción. No, no se trata de un mundo fantástico con reglas propias y una trama de género. Lo que nos propone Brown es una de esas historias de superación que buscan ablandar el corazón. Un relato que no duda en apoyarse en tropos y situaciones manidas para lograr la lágrima fácil, y que, para qué vamos a engañarnos, no siempre lo consigue. Pero el problema no es de la premisa, sino de la ejecución.

June (Brianna Denski) es una niña con una gran imaginación que pasa los días junto a su madre construyendo un parque de atracciones en su habitación. Sin embargo, la desgracia se cuela en su vida -obviamente- de la manera más cruel. Su madre abandona el hogar para luchar contra una enfermedad que la está matando, y June se ve obligada a enfrentar esa realidad de la que siempre había estado huyendo. Su padre, incapaz de recuperar a la hija dicharachera de antaño, busca maneras de aliviar su pena sin mucho éxito.

El parque mágico

Pero la imaginación que la ha sumido en la depresión es precisamente la misma que la salvará. En una escapada durante una excursión, June se perderá en un bosque, solo para descubrir que en realidad está dentro de ese parque de atracciones mágico en el que jugaba con su madre. En él no solo recuperará la inocencia perdida, sino que además aprenderá el valor de la amistad y del esfuerzo.

No se puede decir que estemos ante un guion increíblemente original, pero sí cuenta con los elementos suficientes como para funcionar de cara al público infantil. Y de hecho lo consigue, pero no de forma regular ni del todo satisfactoria. “El parque mágico” no logra culminar ninguno de sus momentos por una autoconsciencia que arruina por completo la historia. Sabe que necesita buscar la lágrima o la sonrisa en determinados momentos, y para lograrlo abusa de exposiciones explícitas hasta la saciedad. Por desgracia es el menor de sus problemas.

El parque mágico

Una película que busca la inmersión de una fábula y que quiere cerrarse sobre sí misma con la moralina infantil habitual, no puede estar tan deslavazada como esta. Brown lo quiere todo -claro-, y nos regala no solo una ni dos, sino hasta tres películas; La familiar con June y su madre forjando lazos, la zoológica con toda la fauna, y la de la propia niña y los animales yendo de aventuras por el parque. Esta configuración no supondría ningún problema si todas las partes trabajaran en pos de un mismo objetivo. Pero dejando de lado que el primer tercio de la cinta es absurdamente extenso, y que el último está atropellado por la falta de tiempo, no hay puentes que faciliten la transición.

Del ritmo lento y elegante del tramo maternofilial pasamos a una especie de viaje del héroe anodino, para acabar reencontrándonos con el oso, el mono y compañía en un festival de deus ex machinas avalados por la propia premisa “imaginativa” de la trama. Y lo más grave de todo es que ni siquiera la película es consciente de ello. Solo es necesario ver con qué cordialidad y cariño trata a los animales en el encuentro con June, cuando en realidad no ha dedicado ni un minuto a desarrollarlos. La creatividad de un niño es infinita, pero ¿eso justifica el ‘todo vale?

“El parque mágico” no es una experiencia desagradable, pero ni mucho menos termina de ser lo divertida que aparenta. Todavía me pregunto en qué cabeza cabe pensar que la pérdida de un ser querido pueda cuajar en un molde de entretenimiento marcado por un parque de atracciones poblado de animales. Si la suspensión de la incredulidad se pudiese apagar como un botón, y no existiese “Mi vecino Totoro”, hasta valdría la pena comprar un billete para esta montaña rusa defectuosa.


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