Crítica de la segunda temporada de Westworld: El Inception televisivo

Westworld

Crítica de la segunda temporada de Westworld: El Inception televisivo

La serie cierra con un espectáculo de más de una hora y media lleno de giros, sorpresas, y promesas de futuro

Crítica de la segunda temporada de Westworld: El Inception televisivo
 

Cuantas más pieza tiene un puzle, más difícil de armar es. “Westworld” se ha ido haciendo más y más grande con el paso de los episodios, y en esta segunda temporada ha roto el continente, para recibir contenido de todas partes. Con la introducción del parque y de la filosofía de Ford ya completadas, ahora Lisa Joy y Jonathan Nolan podían meterse de lleno a desarrollar esa historia que tienen ya completada en la cabeza. Para ello, se valen de algunas tretas argumentales, y trucos del género, que aunque sorprenden, no terminan de dar el empaque que busca una serie llamada a revolucionar el género. “Todas las preguntas serán contestadas al final de la temporada”, aclaraba la showrunner, y sí, pero el cómo aquí prevalece sobre el qué.

Tras dar muchos retumbos en la mente de Bernard, llegamos al último episodio, al escenario que debe despejar las dudas y dar sentido y volumen a los numerosos acertijos que hemos ido viendo a lo largo de las semanas. “El pasajero” es el final del camino para todos aquellos que han jugado en el tablero dispuesto por Ford, y aunque cada uno contaba con una motivación distinta, todos confluían en el mismo lugar: el valle más allá. Los showrunners se deciden a desvirtualizar esto con un episodio de una hora y media que cuenta con todos los elementos reconocibles de la serie, recupera la violencia contenida, los diálogos sugerentes, y los giros.


Esta crítica NO contiene spoilers del episodio final.

Ni tan siquiera en el episodio final nos libramos del montaje caótico fruto de desorden en los recuerdos de Bernard. Esta segunda temporada se decidió contar desde el punto de vista del anfitrión, aprovechando el despiste que generaría para incluir más de una sorpresa. Y es que aunque parezca mentira, Joy y Nolan parecen más preocupados por enganchar al espectador cada semana, que por contar una historia que sirva al conjunto de la serie. “Queremos que el anfitrión el espectador estén lo más cerca posible”, promesa cumplida. ¿Pero a qué coste? Llega el final,  efectivamente las promesas se hacen realidad, la metáfora de la puerta que te lleva a otro mundo se cumple de una manera u otra, pero ni con ello se consigue aligerar la confusión.

La carga filosófica se mantiene hasta los últimos segundos, y todas las referencias bíblicas son aplicables tanto para la trama como para la premisa de la propia “Westworld”. Un punto realmente destacable teniendo en cuenta el monstruo descontrolado en el que se ha convertido la serie en los últimos episodios. Con cada sorpresa, giro, o personaje salido de cualquier parte, se elevaba la dificultad de entender una historia ya de por sí compleja. Esto obviamente es un arma de doble filo, bien para aquellos que se han enamorado de la idiosincrasia de Nolan y Joy, y mal para los valientes que cada semana se sumergían en foros y webs para intentar comprender lo que acababan de ver. Para estos últimos, el episodio de esta semana quizás no rinda lo suficiente.

Maeve se ha sido uno de los pilares de esta temporada

La maraña de ideas y confusión general subyace a una diversión y entretenimiento innegable. Sí, teniendo en cuenta de dónde viene la idea original, que los showrunners hayan sido capaces de codificar el material original –o parte de él- para conseguir un espectáculo interesante, es de agradecer. Se siente el dominio de los artesanos de esta historia sobre los personajes. Saben cómo sacar siempre sus puntos fuertes, con quién juntarlos, con quién no, y en general llevarlos por el camino correcto. En el último episodio esto se hace más palpable con un escenario en el que se cruzan todos los protagonistas. Tras varias semanas con el foco de la atención partido, ya sea en Dolores, en William, o en Maeve, aquí todos concurren sin perder la coherencia de los actos que les han llevado hasta el final de sus viajes.

Si hay una frase que resume bien la segunda temporada de “Westworld” esa es “¿Esto es ahora?”. La confusión de Bernard traspira hasta el espectador, y llega al punto de echar a perder algunos puntos fuertes que dieron tan buena publicidad a la primera temporada. Si uno no sabe nunca qué está viendo, y su esfuerzo intelectual está puesto en intentar decodificar los símbolos que tiene enfrente, difícilmente podrá disfrutar de la historia. Al final nos encontramos con un entretenimiento encapsulado que se disfruta si no buscas una mirada panorámica del conjunto. ¿De qué trata la segunda temporada? Temas como la inmortalidad, la evolución del hombre, o la libertad, han sido recurrentes, pero ninguno de ellos se ha apegado a una trama legible. “Westworld” ha plagado Internet con sus teorías y giros, porque ha sabido plantear debates filosóficos muy interesantes, pero para ello ha dejado de lado la cohesión de su universo.

La química entre Dolores y Bernard se mantiene hasta el último segundo

Antes de que comenzar a emitirse esta segunda temporada, los showrunners revelaron por error –cada vez me cuesta más creerlo- que el tema principal ahora sería “la puerta”. En la primera temporada la búsqueda del “laberinto” fue muy bien recibida, y funcionó de manera espectacular. Si ahora sus creadores hacían un paralelismo con otro macguffing, lo normal era esperar algo similar pero con más desarrollo y calidad. Y sí, tenemos de nuevo a los protagonistas luchando por perseguir algo, e incluso entra en el juego Delos como gran rival de las máquinas, pero como decía al principio, el problema no es el contenido, sino la forma. El punto negro no está en el guion, sino en el montaje. Saltar entre flashbacks es un recurso muy habitual en el género de la ciencia ficción, y suele ser bastante sugestivo si se utiliza con moderación. Cuando construyes una historia de 13 horas y media sobre este truco, o los espectadores son detectives en potencia, o tendrás que dar más de una explicación cuando lleguen los créditos finales.

Ahora bien, esta segunda temporada también nos deja grandes momentos. “Westworld” demuestra ser mucho más flexible de lo que se creía teniendo en cuenta su premisa, y no pierde la chispa pasándose al mundo de los samuráis con los dos episodios de Maeve por el Shogun World, o embarcándose en el tan polémico viaje espiritual de Akecheta con el octavo episodio. Pese a que su contribución al clímax final no es demasiado notable, prueban la capacidad de la serie de doblarse y desdoblarse para sorprender incluso cuando llega a un callejón sin salida. Entiendo que estos momentos de la temporada se ha introducido como necesidad para dar un respiro a los espectadores, un balón de oxígeno entre tanta frase descontextualizada y tanto “Inception”, y pese a que para muchos sea una estrategia cuestionable, marca magistralmente los tiempos.

Las máquinas siguen siendo máquinas

¿Y ahora qué? Sin entrar en spoilers, el final de la segunda temporada deja las cosas en un punto totalmente desconocido para la serie. Se han roto las barreras del parque, y ahora sus creadores podrían apuntar hacia cualquier parte. Si con los saltos fuera de Westworld en la segunda temporada ya se dieron pequeños pasos hacia la expansión del universo, en el futuro este concepto podría cambiarlo todo. Parece que HBO se une al movimiento de los grandes estudios y también mira hacia las estrellas. Con Marvel pensando en lanzarse a explorar el espacio, y Universal convirtiendo a todo el planeta en un parque jurásico de cara a la tercera entrega de los dinosaurios, no suena tan descabellado que las máquinas también busquen lo imposible.

En términos generales, la serie ha levado anclas para perseguir sus sueños, pero se ha dejado en tierra cosas que habían funcionado muy bien en el pasado. La segunda temporada es objetivamente inferior a la primera, pero los giros, las sorpresas, y el clímax final siguen colocando al parque de Delos varios kilómetros por encima del resto de producciones televisivas. Si eres capaz de aguantar el relleno de los primeros episodios, y ver las escenas pos-créditos del final –sí, las hay-, tendrás un ticket en primera fila para el desconocido viaje que emprenderán los anfitriones en los próximos años. Ha llegado la hora de reinventarse por completo, y aceptar o no, las palabras de Kafka: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”.


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