Crítica de Mary y la flor de la bruja: Síntesis fugaz de magia Ghibli

Yonebayashi propone una aventura clásica que peca de conservadora

Crítica de Mary y la flor de la bruja: Síntesis fugaz de magia Ghibli
 

¿Qué es la magia sino lo que cada uno cultiva en su imaginación? Hiromasa Yonebayashi se baña de todo lo que le enseñó su maestro para intentar alzar el vuelo en su propia escoba. Los paisajes que desde ahí divisa son igual de grandilocuentes que los de Miyazaki, pero en la receta falta un importante ingrediente. Por fin, después de más de un año escuchando de ella en festivales de todo el mundo, “Mary y la flor de la bruja” llega a nuestro país, y lo hace con la misma carta de presentación que caracteriza al Studio Ghibli. La fantasía más pura que bañaba a la factoría hace dos décadas y que en los últimos tiempos se había perdido en pos de un prisma más takahiano, regresa con fuerza para imbuir el alma.

Es imposible entrar en esta propuesta sin un curso avanzado en estética y narrativa marca Ghibli. Y es que a pesar de ser su primer proyecto, Yonebayashi opta por aplicar todo lo aprendido como quien aprende a andar a semejanza de sus padres. Este director decidió alzar el vuelo el pasado 2015 fundando Studio Ponoc, y llevándose consigo unas enseñanzas muy valiosas. Todo eso está presente en esta película de magos, niños soñadores, y mascotas que no hablan pero cerca están de hacerlo. Una receta con todos los ingredientes amados por los fans de Miyazaki, que a pesar de su cuidado formal se pierde en la abarrotada mezcla de sabores.

Un día, mientras pasa las vacaciones de verano con su tía abuela, Mary sigue a unos gatos hasta un bosque cercano, donde se topa con unas flores con un extraño poder luminiscente. Estas acaban dando vida a una escoba, que lleva volando a Mary por encima de las nubes hasta la escuela de magia conocida como Endor College. La directora Madame Mumblechook asume que Mary es una nueva estudiante y la conduce hasta el campus, donde acaba demostrando unas sorprendentes y prometedoras habilidades mágicas. Sin embargo, pronto descubre que en la escuela no todo es lo que parece y es que allí se llevan a cabo extraños experimentos, que la llevan a enfrentarse cara a cara con un gran peligro y a tomar una decisión que le cambiará la vida.

Quizás no querer arriesgar, Yonebayashi termina pecando de conservador. Nada de lo que encontramos en esta película es del todo original. Partiendo de la historia, una adaptación de la novela de Mary Stewart, se dispone un escenario visual que recoge fuertes referencias a todas las películas en las que ha trabajado el director. La sensación de familiaridad te agarra desde el primer minuto, y no te suelta hasta el final. No hay giros inspiradores, ni personajes que destaquen por un carisma particular, la película es tan solo una preciosa partitura tocada con precisión. Sin fisuras ni grandes fallos, pero tampoco sin grandes aciertos. “Mary y la flor de la bruja” es un ejercicio solaz del arte por el arte que recompensa a los menos exigentes.

La animación licuosa y orgánica de Ponyo está en cada esquina

Mary, la protagonista, es una niña ávida, con ganas de descubrir el mundo a su alrededor, pero como pájaro que sale del nido, también desea volver al hogar y cultivar el amor por su familia. Una familia que a pesar de ser desestructurada –siguiendo el estilo Ghibli– destila amor por sus cuatro costados. La obsesión y pasión por la figura femenina de Miyazaki ha calado hondo en su aprendiz; una heroína criada por su abuela y la criada de la casa. Este esquema si bien recuerda al estudio del que proviene Yonebayashi, tiene especial paralelismo con su última película en la compañía, “El recuerdo de Marnie”. Tanto la relación entre los personajes, como el ritmo inicial de la película son ejemplos de la impronta de aquella cinta.

Ahora bien, con un control total sobre la producción, el director se desata en el segundo tercio recuperando la acción trepidante de “El diminuto mundo de Arietty”, al tiempo que se apoya en la acuosidad y viscosidad de Ponyo en el acantilado”. Antes de conocer la magia Mary es la antítesis de Marnie, pero cuando comienza a perder de vista los límites del mundo, se transforma en la diminuta pelirroja del jardín. Un cambio de contenido y forma que sin duda logra imbuir a toda la película de una atracción casi irresistible para el espectador. Pero al mismo tiempo sacrifica tiempo de cocción precipitando demasiado los acontecimientos. ¿De verdad no se podía explicar más detenidamente el funcionamiento de la magia? Yonebayashi parece querer comprimir demasiadas cosas en un espacio de tiempo muy limitado.

Los villanos cumplen un papel ambiguo sirviendo de Mcguffing para la moraleja final

Al final nos encontramos con un entretenimiento muy digno, que sigue la estela de Ghibli casi sin esfuerzos, pero que carece del espíritu y la magia de Miyazaki. La película es la puesta en práctica de conocimientos sin sensibilidad. Como si un estudiante de arte intentara imitar La Giocconda sin lograr infundir de alma davinciana la mirada de la dama. Formalmente es una obra excepcional, tan orgánica como lo fue Ponyo, y tan pasional como lo fue Nikki. La banda sonora de Eriko Kimura no se queda atrás, envolviendo entre algodones el conjunto como lo hace Hisaishi. Yonebayashi ha sacado un sobresaliente en el examen volcando palmo a palmo toda su memoria sobre el papel, pero sigue atrapado en formalidades académicas.

“Mary y la flor de la bruja” nos enseña que los medios no siempre justifican el fin, que el progreso a toda costa no merece la pena. Cambiar por el simple hecho de cambiar es un sinsentido para el que la protagonista, y Yonebayashi todavía no están preparados. La dirección tomada es buena, ahora solo hay que esperar a ver hacia donde lleva el camino.


Contenido relacionado