Crítica de Aladdín: Coloreando la magia Disney

Disney pide los tres deseos adecuados

Crítica de Aladdín: Coloreando la magia Disney
 

¿Respetar el material original o apostar por algo nuevo partiendo de un nombre y un universo conocido? La elección a la que se ha tenido que enfrentar Disney durante estos últimos años siempre ha sido complicada, y no siempre recompensada. Sí, “Maléfica” volaba libre y arrasaba en taquilla, “La bella y la bestia” apostaba por el homenaje (algo excesivo) y también conseguía atrapar al fan, pero ninguna de las opciones terminaba de encontrar el equilibrio perfecto. Han ido pasando los años desde que los de Burbank decidieron comenzar a desempolvar sus clásicos, y “Aladdín” es la primera señal de pubertad.

Guy Ritchie, el hombre que redefinió un estilo narrativo propio para el cine británico, para posteriormente renunciar a todo por dinero, llega a esta producción con su vertiente más comercial. Poco hay del Ritchie de “Lock & Stock” aquí, igual que poco había de él en “Rey Arturo: La leyenda de Excalibur”, pero el cineasta logra reinventarse una vez más; lo hace con una actitud algo más sosegada de la que suele acostumbrar, y una presencia más pasiva entendida desde el sello preocinado que induce un estudio como Disney. Ritchie no llegaba a este live-action con pretensión de dejar grandes secuencias, o de mostrar una presencia ineludible en cada uno de los planos. Su trabajo, al igual que el de Jon Favreau, es un trámite que si bien podría decepcionar a aquellos que llegan buscando un guilty pleasure más sucio, cumple con las pretensiones del estudio.

Desde el guion al vestuario, pasando por los decorados e incluso las actuaciones, responden a un interés manifiesto por explotar la nostalgia. Claro que “Aladdín” aterriza en un momento en el que el público sigue dividido en torno al enfoque que deberían tomar estas cintas, pero la nueva versión del clásico de 1992 tiene claro desde el principio qué es lo que pretende. Volvemos a pasear por las calles de Agrabah, a visitar los infinitos desiertos de arena, y a colarnos por los pasillos de ese ostentoso palacio. La forma y presentación de la película invitan a retrotraerse al pasado para revivir las sensaciones de entonces. Y es precisamente ahí donde esta película marca un punto de inflexión con respecto a los últimos live-action del estudio.

Ni Ritchie ni John August -clásico colaborador de Tim Burton- tienen miedo a la hora de actualizar la historia original. Partiendo de una arquitectura narrativa probadamente funcional, logran encontrar un pequeño pero interesante hueco para incluir algunos cambios que convierten a la historia naíf y ciertamente machista del clásico, en una aventura bollywoodiense con tintes políticos y feministas. Disney ve aquí la oportunidad de apegarse a su nueva deriva de diversidad y modernidad, transformando el cuento en una película que, al contrario de “La bella y la bestia”, sí cuenta con autonomía creativa. Ahora bien, lo que no cambia ¿está al nivel de lo que se merece un icono como este?

Aladdín

Aunque las primeras críticas y reacciones de la prensa internacional no terminaban de calmar los nervios, las preocupaciones propias de una cinta así se disipan con facilidad durante los primeros minutos de metraje. El contraste entre el pastel del clima y los intensos colores de las especias y las telas de la ciudad se abren paso introduciendo al espectador a una historia que se presenta como nueva. En este sentido Ritchie opta por dejar a un lado la condescendencia o el homenaje más patillero, para trabajar desde el núcleo duro de la historia; los personajes son presentados con sumo cuidado, y las escenas están rodadas de la forma más clara posible. “Aladdín” es un producto de consumo masivo que se deja disfrutar sin esfuerzo, y que sabe apelar a qué sentimiento siempre en el momento adecuado.

La historia, narrada como un racconto de tintes de fábula, va discurriendo con un ritmo elegante que se detiene con inteligencia en las escenas de mayor carga emocional; el encuentro de la lámpara, la persecución por las calles de la ciudad, el vuelo en alfombra mágica. Y el reparto acompaña con más o menos lucimiento. Mena Massoud tenía la oportunidad de terminar de hacer despegar su carrera, y sí, deja tras de sí un trabajo notable que se defiende bien en un contexto tan complejo, pero Will Smith roba el espectáculo. Ya ocurría en el clásico, y vuelve a suceder en 2019. El Genio acapara toda la atención permitiendo a Ritchie soslayar los momentos más casposos y aburridos de los otros personajes.

Aladdín

Aladdín sigue siendo ese chico soñador y bondadoso, y Jafar (Marwan Kenzari) continúa representando al villano clásico y maniqueo de Disney. Aspectos ambos que resultaban complicados de adaptar para que resultaran interesantes. Pero El Genio es capaz de echarse a la espalda toda la película. Acabados estéticos aparte -el azul funciona mejor de lo que cabría esperar-, las coreografías y los temas musicales protagonizados por Smith son con diferencia lo mejor de la película. No se puede negar que la parafernalia y excentricidad que demuestra el actor -con su vena más noventera- rozan lo ridículo, y que se puede atragantar con facilidad, pero la presencia del actor en la historia le da la chispa necesaria para revitalizar este disneyzado “Romeo y Julieta”.

La cinta tiene escenas realmente hilarantes, que responden al tono familiar del clásico, pero que al mismo tiempo logran conectar con audiencias de todas las edades. El humor funciona casi tan bien como el nuevo arco político que Ritchie le regala a Naomi Scott, la otra gran joya de este reparto. No es la primera vez que Disney intenta airear su pasado con ideas más actuales, pero sí quizás la ocasión con la que se maneja de forma más solvente. La princesa sigue siendo una princesa, pero sus deseos vitales ya no se resumen en encontrar a un pretendiente apuesto y valiente. El personaje gana en profundidad, y se muestra capaz de resolver situaciones por sí mismo peleando por objetivos que no entienden de género ni clase. Jasmine se une al club de las guerreras respondiendo a la coherencia que le cede la historia.

Aladdín

Las interpretaciones funcionan, y el guion es sólido, pero ¿qué hay de las escenas musicales? La película repite esquemas y opta por mantener los temas originales con sus coreografías tan conocidas, aportando pinceladas de novedad en las letras; versos nuevos por aquí, codas inesperadas por allá, y un empaque musical final que huele y sabe igual que en 1992, pero al mismo tiempo puede calificarse de “original”. Quizás se podía haber esperado más por parte de alguien como Ritchie -quien se muestra muy comedido y blando-, pero las secuencias están bien resueltas y siguen aportando lo necesario para hacer avanzar la trama. Es en las persecuciones, no obstante, donde el cineasta saca a pasear realmente su nervio más frenético con movimientos de cámara frescos y sorprendentes.

Y no, no es su mejor trabajo, pero resulta más que suficiente para salvar el día. “Aladdín” cumple con las expectativas y deshace todos los miedos infundados por las primeras polémicas en torno al Genio. Puede que Disney siga sin dar del todo con la tecla ideal para corresponder al prestigio de sus clásicos, pero el regreso a Agrabah es su intento más satisfactorio de seguir viviendo del pasado. El marketing aburrido de los primeros meses no hacen justicia a una película divertida que no logra alcanzar un mundo ideal, pero sí soñar por el camino.