Hace unos días que llegaba al mercado Frostpunk, el nuevo título de estrategia de los creadores del aclamado This War of Mine. A través de este nuevo videojuego nos ponemos en la piel del líder de una pequeña colonia que, en un entorno postapocalíptico con temperaturas gélidas, tendrá que arreglárselas para sobrevivir. Lo cierto es que todo el videojuego, desde cómo los sistemas están conectados entre sí hasta la cantidad de contenido que tiene, rezuma calidad y ya ha logrado conquistar a miles de fans. Sin embargo, hoy no vengo a hablar de eso, sino de un pequeño detalle que es lo que marca la diferencia a la hora de jugar y que consigue sumergir al jugador dentro de una espiral de narrativa y jugabilidad de una forma magistral.
Antes de entrar en materia cabe destacar que Frostpunk es difícil. Es un videojuego en el que todas nuestras acciones tienen una consecuencia a corto o largo plazo y debemos tener eso en mente para la supervivencia de nuestra pequeña colonia que se refugia junto a un enorme generador. Tendremos que mantener alimentado el generador para no morir de frío, llenas las arcas para poder ofrecer comida a todos los habitantes de nuestra ciudad, y madera suficiente para construir todo lo que la gente necesite y demande. Sin embargo, el toque de distinción de Frostpunk se encuentra en la posibilidad de firmar ciertas leyes un tanto radicales que ofrecerán ciertas ventajas al jugador.
Podemos hinchar las comidas con serrín para que abunden más a costa de sacrificar la salud de la gente; podemos darles una sepultura digna a los muertos o lanzarlos a la nieve sin respeto alguno; podemos legalizar y organizar peleas para evitar tensiones e incluso la prostitución es una salida viable a ciertos problemas. Y aquí es donde empieza la gracia de la narrativa del juego. A medida que avanzamos, el clima y la alta dificultad del videojuego ponen a nuestra colonia siempre al borde, obligándonos a ir firmando poco a poco estas leyes.
Pero el truco del asunto es que las leyes no suelen ser demasiado terribles de golpe, sino que van subiendo su nivel de brutalidad poco a poco. Al principio empezamos haciendo que los niños puedan trabajar en entornos seguros (no parece tan grave teniendo en cuenta que estamos al borde de la muerte), después cambiamos las comidas por sopas que puedan alimentar más bocas y, cuando nos damos cuenta, estamos tirando niños muertos en la mina a la nieve y usando sus órganos para salvar la vida de un cazador. Sin que nos demos cuenta, el juego es capaz de llevarnos a la absoluta tiranía, poniéndonos en situaciones límite en las que cada decisión pesa mucho a nivel moral y en donde lo más despiadado se presenta como la mejor opción para asegurar la supervivencia.
Un detalle muy a tener en cuenta es que, pese a que la evolución de nuestro liderazgo siempre tiende hacia algo abusivo, hay diversos caminos y maneras de afrontarlo. Mientras que en mi colonia la gente tenía ciertas libertades pero la vida no valía absolutamente nada, uno de mis amigos construyó una distopía al más puro estilo de 1984 (la obra literaria de George Orwell) en la que el líder era prácticamente un dios al que rendir culto y obedecer a ciegas mientras todas las acciones del pueblo son vigiladas.
Así es como, sin que te des cuenta y a través de la jugabilidad, poniéndote al límite con una dificultad elevada, Frostpunk es capaz de convertirte en un auténtico tirano, en alguien para el que el fin siempre justifica los medios y para el que todo es aceptable si supone la supervivencia de la colonia. Un asesino que mata para proteger a sus víctimas; el sacrificio del individuo por el bien del grupo. Es cierto que Frostpunk no es la primera obra que lo hace, pero tras el estreno en 2015 de Darkest Dungeon, son pocos los videojuegos que han tratado de explotar esta narrativa que, mezclada con la jugabilidad, consigue llevarnos por un camino determinado y ponernos en el papel que los responsables de la obra quieren. ¿O acaso es nuestra naturaleza salvaje y despiadada?
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