Crítica de La balada de Buster Scruggs: Las mil y una caras del western

Los Coen tejen una antología irregular que se disfruta más en pequeñas dosis

Crítica de La balada de Buster Scruggs: Las mil y una caras del western
 

Hay géneros que por muchos años que pasen nunca terminan de morir. El western, como casi todo lo que despuntó en los 50 y 60, vuelve de vez en cuando para recordarnos de dónde salen muchas de las referencias que algunos grandes directores plasman en su cine. La época de Leone y compañía ya ha sido homenajeada, deconstruida, y prostituida en decenas de ocasiones, pero los hermanos Coen, siempre fieles a su propio albedrío, querían hacer algo único; tratar un solo tema, desde distintas perspectivas, en un mismo metraje. “La balada de Buster Scruggs” es producto de dos mentes inquietas, que durante años fueron anotando ideas sueltas en una moleskine de viejo cuero. Netflix, en su afán por atarlos a todos en las tinieblas, se valió de su particular formato, para apostar por esta particular oda a la muerte.

Como pasa con cada película de los Coen, “La balada de Buster Scruggs” se hizo famosa más por sus autores, que por sí misma. Sin embargo tras su exitoso paso por Venecia, una idea comenzó a flotar en el ambiente. ¿Estábamos ante otro gran clásico de los cineastas? Por su naturaleza mixta, se hacía complicado imaginar que el podio ocupado por “No es país para viejos”, o “Valor de ley”, fuera a recibir un nuevo invitado. Esta película, conformada por 6 historias distintas escritas a lo largo del tiempo, iba a ser en principio una serie, pero Netflix decidió unirlas en una antología, que por mucho que se esfuerza, termina padeciendo de la irregularidad inherente a su condición. Buenas historias se van entrelazando con pasajes menos buenos, e incluso malos, en un metraje de más de dos horas que se disfruta más en pequeñas dosis.

Viajamos al Salvaje Oeste para acompañar a seis protagonistas distintos en historias paralelas. Un pistolero de leyenda llamado Buster Srugg (Tim Blake Nelson) se divierte practicando su puntería, y su canto allí por donde va. Un ladrón torpe (James Franco) intenta hacer fortuna atracando una sucursal de banco. El dueño de un teatro ambulante (Liam Neeson), y su desafortunado actor (Harry Melling) divulgan las historias de Shakespeare por los rincones más desolados del país.

Un loco soñador (Tom Waits) busca oro en uno de los parajes más espectaculares de todo el continente. Una chica naíf (Zoe Kazan) busca su lugar en el mundo tras liberarse de sus cadenas, y termina prometida con el menos esperado. Y, cinco viajeros (Tyne Daly, Saul Rubinek, Chelcie Ross, Jonjo O’Neill, Brendan Gleeson) comparten carruaje mientras intercambian reflexiones sobre la decencia, la hipocresía, y la injusticia social. Todos y cada uno de ellos comparten un mismo destino, y terminan aplastados por la inseguridad del Lejano Oeste.

Cuando Ethan y Joel comenzaron a dar forma a estas historias, lo hicieron con una idea en mente; mostrar el lado más cruel del western. La forma que tienen los directores de llegar a esa desazón es a través de la comedia. No la de la carcajada, sino la de los matices y moralejas. Mirando a lo que se hacía en la Italia de los 60 con este género y las antologías, recogieron esa forma ligera de tratar y dibujar distintas situaciones, para sacar punta al verdadero mensaje de la película: la incertidumbre. Si bien la muerte es el efecto consecuente a esta, todas las historias de “La balada de Buster Scruggs” inciden una y otra vez en la lucha inútil de sus personajes por tener un futuro estable, por saber que no morirán al día siguiente atravesados por una flecha, o quemados por dentro por alguna enfermedad incurable.

Ahora bien, el mensaje es lo único que se mantiene inalterable a lo largo de todo el metraje. Y es que, pese a contar con un elenco de actores absolutamente descomunal, ni siquiera los Coen son capaces de huir de la irregularidad. Mientras las tres primeras historias son brillantes, rozando lo sublime, la cinta comienza a desinflarse en su ecuador con otras tres aventuras que inexplicablemente dejan de lado la sátira, para acogerse a fórmulas más clásicas y menos sorprendentes. Que la película se llame como se llama no es casualidad; de entre todos los cortos, el protagonizado por Tim Blake Nelson –que repite con los directores tras “O Brother!”– es el más fresco, entretenido, y sorprendente. Esta historia es la que sirve de presentación para todo lo que llegará a continuación, y la que expone de forma más abierta la crueldad de un país regido por la ley del más fuerte.

Los tropos del género son recurrentes a lo largo de la cinta, pero no entorpecen el mensaje de los directores.

Uno podría pensar que la forma más sencilla y directa de plasmar la naturaleza del Lejano Oeste es a través de la violencia, y lo cierto es que así es. Pero los hermanos Coen encuentran un camino mucho más complicado, y al mismo tiempo satisfactorio. Por supuesto que hay violencia, y algunas escenas rozan lo escatológico -no faltan primeros planos de amputaciones o disparos- pero esta no es la culpable de la crueldad del mundo. Los verdaderos protagonistas aquí son los diálogos -exquisitos y repletos de dobles sentidos-, y los personajes. Cada uno con sus taras, aportan un matiz distinto de la desidia inherente al siglo XIX. Los cineastas siguen en racha, dando a luz perfiles carismáticos y memorables que traspasan la pantalla.

Si habría que quedarse con los mejores, la elección sería sencilla. Blake Nelson, como ya mencionaba antes, se come literalmente la pantalla mientras canta y juega a ser dios. Liam Neeson por su parte consigue aportar algo de ralentí a la antología con la representación más dura del Lejano Oeste. La estrella consigue con sus gestos y su paso lento, dar forma al único personaje que parece haberse resignado aceptando su destino. Su compañero interpretado por Harry Melling, es la representación física de esto mismo.

El ser humano, sin embargo, no se rinde nunca, y mientras los Coen se gustan con pasajes de Shakespeare, la Biblia despierta la poca luz que queda en los habitantes de ese mundo. Esta combinación resulta tan contundente como efectiva, y aporta el contraste de oscuridad que “La balada de Buster Scruggs” no había tenido hasta ese momento. Es como si los directores susurraran a la pantalla: “Así es divertido, ¿verdad? Pues esto es en realidad de lo que te estás riendo”.

La película toca techo con un pasaje poético sobre la desidia y el amor propio.

Y de esa forma, cuando crees que ya no puede haber más sorpresas, llegamos a la búsqueda del oro que sirvió de fuente a tantas y tantas leyendas. Tom Waits sirve de mero espectador para un paisaje sobrecogedor en el que el hombre no es más que un simple animal. Si bien la fotografía general de la película siempre opta por los tonos ocres y apagados propios del western –con cierta tendencia a la artificialidad de la sitcom-, en “El cañón de oro”, Bruno Delbonnel se deshace del dramatismo que arrastra desde “Amelie”, para dar rienda suelta al color. La intensidad cromática unida a la majestuosidad del paisaje, crea uno de los escenarios más sobrecogedores y espectaculares que se han visto en la gran pantalla durante todo este año.

Por mala suerte, la racha de los cineastas se acaba a la hora de metraje. Desde ese punto, el nivel de calidad se intenta mantener a duras penas, para terminar derrumbándose por completo en dos últimas historias a cada cual menos acertada. Los Coen erran el tiro con el único corto protagonizado por una mujer –Zoe Kazan-, sustituyendo el genio por una propuesta trillada y sin chispa. A esto se suma el colofón final; un homenaje a “Los ochos furiosos” de Tarantino, que ni está bien colocada en la Antología, ni ayuda a empacar toda la producción para cerrar con un final de peso. Al final del viaje llegamos con un sabor agridulce en la boca, con grandes momentos en la memoria, pero con la desilusión de ver mucho potencial tirado por la borda. Se entiende que a los hermanos no les importaba tanto la visión conjunta del producto como película, como sí las conclusiones extraídas de cada uno de los cortos.

“El cañón de oro” es una virguería técnica y visual que eleva todo el conjunto a nuevos niveles.

“La balada de Buster Scruggs” tiene todas las cualidades de una superproducción, y cuenta con todo el perfume de los hermanos Coen, pero ni sus constantes referencias a Leone, Eastwood, y Ford, logran salvar su condición de antología. El conjunto es un paseo con claroscuros que, tal y como el libro que sirve de marco narrativo, cuenta con mejores y peores capítulos. Netflix quizás hubiera hecho mejor en tejer esta producción como una serie, sin forzar lo que a todas luces ha terminado siendo una decisión equivocada.  Pero si hay una idea clara que extraer todo esto, es que el western, con todos sus clichés y etiquetas, sigue siendo un tesoro mortífero lleno de historias.